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18 DE JUNIO DE 2007
“Amores platónicos gays” que finalmente llegan a tu cama
Bien lo decía Platón con aquellos amores que sólo son idealizados y nunca se “materializan”, pero como en todo, hay sus excepciones: la experiencia de irse a la cama con un hombre que desde hace algún tiempo te altera la cabeza y las pulsaciones.

Vladimir  Charry

Ayer pasé la noche en una cama ajena, en la cama de un hombre con quien me había cruzado un par de veces en el gimnasio sin establecer contacto, a pesar del gusto y de uno que otro cruce de miradas. Esto sucedió hace más de un año, y por cosas del destino y de la red lo reencontré, y fue una delicia que el deseo contenido y guardado explotara en libertad luego de tanto tiempo.

Logré localizarlo en el juego de los perfiles de levante o ligue gay en Internet, envié un mensaje a este hombre que llamó especialmente mi atención –sin recordar que era el mismo que antes me había generado alteraciones hormonales-, él respondió y luego del cruce de varios mensajes descubrimos ser vecinos. Cinco días después era mi invitado a casa.

Allí estaba, en la puerta de mi edificio esperando que yo llegara a recibirlo. Nos saludamos fríamente frente al portero y entramos de inmediato al espacio íntimo del ascensor. Allí no hay adonde mirar, así que lo detalle disimuladamente, mientras actuaba sentirme como pez en el agua. Pero mentira, mientras el ascensor llegaba al quinto piso, pensaba para mí si a sus ojos resultaba demasiado fotogénico –es decir, menos atractivo que en las fotos-, o si por el contrario, mis fotos en la red eran fieles a la realidad.

Entramos a mi casa, y traía como presente una botella de vino blanco, supongo que para acalorar los ánimos y derrumbar las barreras propias de la timidez, o del poco pudor que me queda luego de haber cruzado la línea de los treinta.

Un paseo rápido por mi espacio, comentarios básicos de la decoración e intercambio de conceptos comunes. Finalmente estábamos sentados en la sala, frente a frente, luego de haber conversado en internet durante los cinco días anteriores, y de haber calentado el oído con una que otra llamada previa a este encuentro.

Hoy finalmente lo tenía clavado en los ojos en 3D, real, de carne y hueso. Hoy respiraba tranquilo porque descubría que no sólo me gustaba en las fotos, comprobaba mi deleite con su imagen al sentir que mis hormonas saltaban alteradas, como el celo, frente a este hombre casi desconocido.

Estaba vestido con un saco gris que me permitía adivinar un cuerpo masculino y jugoso. Unos jeans del mismo color que sostenían un trasero fuerte, y suficientemente ostentoso, sin dejar de parecer de hombre. Tenía unos zapatos amarillos que escondían de manera egoísta unos pies que me generaban dudas -por aquello del fetiche que tengo con esta parte del cuerpo-, dudas que despejé positivamente más tarde, pues al final del encuentro, esos zapatos amarillos fueron a reposar un rato debajo de mi cama.

Y para completar su atuendo, tenía una mochila de estilo étnico que le permitía parecer más informal –parecer no porque él lo posara, sino porque aún no tengo elementos de juicio para saber si lo es o no… lo conozco hace sólo doce horas.

Veinte minutos después de una conversación fluida decidimos pasar al estudio, para sentarnos en un lugar más cómodo y escuchar un poco de música.

Los sonidos y un número importante de cojines fueron mis aliados en pro de generar acercamientos físicos más evidentes: roces, una mano en la rodilla, mientras la otra sube y baja por su antebrazo… Y los dedos -que suelen ser más descarados-, de pronto se paseaban por su frente despejada, gracias a la cabeza rapada que le suma una apariencia de tipo de mala conducta, con un toque peligroso – fetiches, fetiches-.

De pronto se le escapa un beso, luego dos, y más adelante los labios dejan de estar secos y rígidos para moverse con más libertad. Rompen los amarres de la decencia y deciden bajar a esos puntos que durante la conversación se miraron fijamente y se determinaron como objetivos para la guerra corporal.

El cuello, las orejas, la cara, todos se han mojado un poco, y mientras tanto las hormonas han rebosado los límites de la tranquilidad para hacerse evidentes en formas y fluidos delatadores que se siente por encima de la ropa.

Le levanto su camiseta para descubrir una piel tapizada por vellos cortos que se clavan suavemente en mi cuerpo lampiño y hambriento del suyo…

¡Ufff!, se siente la piel caliente y altiva de otro, y poco a poco desaparecen de la escena elementos de vestuario que en el camino al clímax de este acto animal y humano, van convirtiéndose en elementos que estorban, y que sólo entorpecen la escena.

Él besa lo que desde antes le interesó de mí, y yo me encargo de consumir lentamente lo que me quiero llevar de sus formas, para guardarlo en mi cerebro, ahora aturdido y excitado.

Me trago todo lo que quiero: el sabor de su cuello, de su pecho, y paseo por el rinconcito de cielo en el que confluyen su brazo, el pectoral y el tórax. Me “trabo” con el olor de su abdomen de hombre, y bajo un poco más para empezar a estar uno dentro del otro, sin censura, sin medir qué tanto debo permitirle entrar en mí en este primer encuentro. ¡Qué más da!, este tipo me encanta, es una delicia que disfruto a cada bocado con los ojos cerrados, o a veces abiertos, para que no sólo se lo lleven grabado mis dedos y mi boca, sino que, además, también lo disfruten mis ojos aturdidos con esta aparición masculina.

Las hormonas han llegado a la demencia, y esa demencia se extiende por un tiempo satisfactorio. Subimos y bajamos, y este hombre me come poco a poco, hasta llegar a buscar un espacio para él en mí.

Al final, un poco de él reposa sobre mi barriga, ahora húmeda y complacida. Respiro más lentamente y he muerto por un momento.

Nos miramos ahora en calma, y sonrío como si algo que había sido postergado, se hubiera cumplido como se debía…

Qué rico es irse a la cama con alguien que desde hace algún tiempo te altera la cabeza y las pulsaciones. Qué rico es el sexo a voluntad, qué rico es hacerlo cuando se quiere, sin pensarse como amante fácil o paciente, sobre todo, cuando quieres evitar que algo se te escape de nuevo. Qué rico son los hombres, qué rico es este en particular.

Ya se llevó algo mío, y yo me traje conmigo -en estos dedos que escriben-, algo de él. Lo que pase en adelante no es un objetivo afanoso y ciego, es sólo esperar a descubrir si la magia de este deseo guardado se esfumó al tocarle la piel; esperar para saber si las circunstancias que rodean su vida y la mía tienen un punto de encuentro, sino no lo tienen, se habrá quedado conmigo para siempre, porque sin duda será un buen recuerdo.

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