12 DE JUNIO DE 2007
Los gays también son plato de segunda mesa Amante, mozo o segundón, así se le conoce a quien se enamora de un hombre con una relación formal. Señalamientos, llanto en silencio y unas cuantas humillaciones hacen parte del menú del “plato de segunda mesa”. ¿Lo has experimentado?
Vladimir Charry
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Amante es quien se lanza a conquistar a alguien comprometido, mientras se cree el cuento de que su enamorado está en crisis marital, y espera paciente por meses o años a que esa relación se rompa en pro de construir la suya propia.
Señalamientos, llanto en silencio y unas cuantas humillaciones hacen parte del menú de la vida del amante, hechos que no lo absuelven de la culpa, pero que a su vez nos permiten mirarlo sin el lente del juez, quien sólo busca presentarlo como demonio, sin tratar de explicarse las razones que lo llevaron a construir su propio remedo de infierno.
No quiero ser fatalista, ni mucho menos lastimero, pues el amante también disfruta de mieles deliciosamente convulsionadas, de momentos en los que se exprime al máximo el disfrute; no quiero presentarlo o presentarme como blanco o negro, sólo quiero confesar algunas emociones que se aparecen cuando uno ocupa el lugar número tres, el de invitado indeseable, el de quitamaridos.
Todo estaba listo: el vino y las copas nuevas, el hielo para un posible juego erótico copiado de las películas, y las velas ya gastándose porque el tiempo pasaba y él no llegaba. La cama con sábanas limpias y blancas, especialmente escogidas para que él se sintiera como en casa; la alfombra, recién aspirada y perfumada con un polvo de olor para simular el número de años que había sido pisoteada. Estaban listos los pasabocas, el jamón, el queso y las uvas, todo preparado por mí porque, aunque quería impresionar, comprarlo listo me salía más caro. Estaban dispuestas, ya casi marchitas, las margaritas sin tallo tiradas por todas partes para que tapizaran el suelo que él iba a pisar conmigo.
La luz baja, las cortinas cerradas para evitar el fisgoneo de los vecinos, y la música cuadrada para que justo a su llegada sonara una canción trasportadora y sensual. Todo estaba en su lugar para este momento, que como todos, pasaría muy rápido, porque al amante, siempre lo devoran de afán. Como atragantándoselo, pues el comensal debe volver a su casa oficial.
Había pasado más de una hora desde la última llamada que me había hecho, prometiendo su escape de casa, del nido que tenía con su novio para pasar conmigo una noche especialmente romántica, porque cumplíamos seis meses de una relación sin nombre, anónima, oculta, sin cara para afuera, sólo con cara para nosotros los involucrados.
El tiempo transcurría, y yo estaba allí tratando de entretener al tipo del saxofón, un hombre que había contactado en las calles del centro de la ciudad para que tocara un par de notas en la noche romántica que tenía planeada con mi amante, pero él no llegaba.
Yo hablaba y hablaba con este desconocido mientras el reloj corría, y todo indicaba, segundo a segundo, que él no iba a llegar.
Rompiendo una regla de oro de quienes aceptamos el papel de amantes, de mozo o moza, decidí llamarlo a su celular, pero obviamente estaba apagado.
No iba a venir.
El tipo del saxofón, hacia las once de la noche decidió irse, sin haber tocado una sola nota, y obviamente con sus bolsillos llenos porque su tiempo de espera valía, no como el mío que no tenía valor, porque los amantes nacemos para esperar y esperar sin importar cuánto tarde en llegar ese a quien elegimos erróneamente como falsa pareja, siempre ajena, siempre con un dueño que tiene un estatus mayor, y una prioridad evidente. Porque como dice la canción, los amantes “llegamos tarde”, y eso se paga con esperas, con desplantes y con la disposición a recibir sobrados de otro.
Cerré la puerta tras la salida del hombre del saxofón, y entré a mi cuarto dispuesto para el amor, ahora para el amor con nadie.
De pronto, me abrazó una tristeza mojada y pesada, que sólo me permitió llegar hasta la cama luego de pisotear sin compasión las margaritas blancas regadas por el suelo. Me culpé y me azoté mentalmente porque en el fondo sabía que esta empresa no tenía sentido, mientras trataba de digerir una rabia espesa que se me atravesaba en la garganta, una rabia que no podía expulsar, pues mis amigos estaban hartos de escuchar mis cuentos de amante humillado, y de repetirme que me alejara de eso.
¡Maldita sea!, todo mi esfuerzo por sorprender al marido de otro, se había estrellado con lo obvio, con el hecho de ser el que espera en la banca, de ser el extra, de creer que las personas y el amor se ganan en un duelo con otro, de pensar que una pareja se pelea como una presa, olvidando que el amor es una acto voluntario, algo que se merece y que nace en medio de la tranquilidad, no en una lucha ansiosa y a muerte con alguien que de plano me llevaba una ventaja.
Tenía unas ganas inmensas de que el maldito llegara para que me viera sufrir, como si la lástima lo fuera a enamorar de mí. Que oliera la alfombra limpia, que destapara la botella de vino y se condoliera de mi cólera y mi dolor, que reconociera mi esfuerzo para premiarme más tarde con la exclusividad. Obviamente no sucedió.
Me quedé dormido, en un ambiente romántico y al otro día sólo pude contárselo, lo que me supuso quince minutos más de visita de parte de este hombre ajeno, quien obviamente amaba que dos se jugaran su amor, pues su cabeza estaba tan enferma como la mía.
¿Qué tenía este caballero que merecía que dos se enfrentaran y se odiaran en pro de conseguir sus favores? No tenía nada especial, su novio y yo le habíamos otorgado un poder sobrehumano generado en dos cabezas obstinadas y con naturaleza reptil, rastrera, y equivocada. La del novio, llena no se de qué. Y la mía llena de miedos, especialmente del miedo a ser capaz de encontrar a alguien similar a este hombre que cumplía con los requisitos ideales de pareja que reposaban en un caldo de cultivo, hoy en extinción, en mi cerebro.
Con el tiempo, luego de algunos desplantes más, entendí que al igual que los heterosexuales, los hombres comprometidos no deben ser blanco de mi conquista, y que nadie merece que me enfrente a otro por su amor en un ring lleno de lodo, para que él se divierta con el espectáculo animal carente de sesos, pero con toda la fuerza de un pobre corazón desorientado.
Si tú, lector, viviste algo similar, quizás debes estar sonriendo con tus recuerdos, asombrándote de algunos y avergonzándote de otros.
Si lo estás viviendo, lo más probable es que estas palabras te entren por un oído y te salgan por el otro, y eso no está mal, pues la esperanza de ser el número uno siempre está viva y altiva en cabeza de quienes hemos tenido una visión demasiada romántica del amor, creyendo que lo puede todo –incluso arrebatarle un hombre a otro- , y que lo soporta todo, ignorando que la fuerza del amor no sólo está en aguantar y perseverar, sino también en dejar ir.
Por mi parte, los hombres comprometidos ya están chuleados en mi lista. y si uno se me atraviesa por ahí, puedo decir: Next.
Hasta la próxima. |
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 Los hombres, por quienes se llora y se sufre
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