29 DE MAYO DE 2007
El Salvador de Cernuda
Luego de cuarenta años, se devela el gran secreto de la identidad de quien fuera el más grande amor declarado del poeta español Luis Cernuda, quien vivió los últimos años de su vida en México

Redacción Anodis



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Luis Cernuda, el poeta español que radicó en México

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Ayer Loret de Mola mandaba al “resumen de la media” cuando sonó el teléfono. A tan temprana hora quienes somos insomnes apenas hemos conciliado el sueño, cosa que al parecer no sabe mi amigo que llamó a tan deshoras para decirme que corriera a comprar el periódico porque había salido “el reportaje que hubieras matado por hacer”. Desde luego no salí corriendo: aún me quedé en cama un par de horas más, desayuné con toda tranquilidad, me bañé y me alisté para venir a la oficina. Fue en ese trayecto que compré el periódico Reforma en una de las estaciones del Metro. Fui directamente a la sección cultural –que viene inserta dentro de la de noticias internacionales— y en su portadilla se podía leer el tan anunciado reportaje: “Vive amor de Cernuda”.

El poeta andaluz Luis Cernuda (Sevilla, 1902-Ciudad de México, 1963), salió de España por la Guerra Civil a finales de la década de 1930. Vivió en Inglaterra y Estados Unidos donde impartió clases en distintas universidades, lugares ayudaron considerablemente a confirmar su carácter reacio y voluble: “Tantos años vividos / En soledad y hastío, en hastío y pobreza / Trajeron tras de ellos esta dicha”. Estando en una universidad estadounidense, Cernuda vino a México de vacaciones, a Acapulco en particular, a finales de los años cuarenta y, según se decía, fue allí, en el mismo puerto donde Agustín Lara ubicara su canción a María Félix, que Cernuda conoció a un joven fisicoculturista de quien hasta ayer apenas se especulaba su nombre: Salvador. Se dedujo el nombre del joven porque Cernuda le dedicó, no tácitamente, los “Poemas para un cuerpo”, el primero de los cuales se titula justamente “Salvador”, y sustantivo con el que juega modificándolo: “Sálvale a condénale”.

El reportaje de Antonio Bertrán publicado en Reforma (lunes 28 de mayo de 2007, p. 8), aclara esas suposiciones de todos los que somos lectores y estudiosos de la obra de Cernuda. En efecto, el más grande amor de Cernuda se llamó Salvador, Salvador Alighieri, entonces de 19 años y apodado “el chocolate”, quien en su juventud fue fisicoculturista, práctica por la que ganó algunos reconocimientos: Mr. Espada, Mr. Laredo y Mr. México junior. Hoy vive en Guadalajara, Jalisco, y tiene 76 años.

Aunque con un pie en el avión, no quiero dejar de comentar la sorpresa que representa la solución de este enigma cernudiano (y creo, y espero, no exagerar), que fue uno de los más difíciles de dilucidar durante mucho tiempo. Con este reportaje los “Poemas para un cuerpo”, y quizás otros más, cobran una nueva interpretación.

Sálvale o condénale,
Porque ya su destino
Está en tus manos abolido.

Si eres salvador, sálvale
De ti y de él; la violencia
De no ser uno en ti, aquiétala.

O si no lo eres, condénale,
Para que a su deseo
Suceda otro tormento.

Sálvale o condénale,
Pero así no le dejes
Seguir vivo, y perderte.

Ciertamente, Cernuda creía ver en el joven fisicoculturista un salvador; sin embargo, éste no le salvó y lo condenó el resto de sus días. Pero ¿salvarle de qué? Es claro que Cernuda necesitaba ser rescatado, salir del infierno en que vivía y eso sólo podría lograrlo a través del amor de un adolescente (los adolescentes a los que tanto canta en sus versos). Pero el amor de Salvador no fue suficiente para Cernuda, el poeta exigía más. Aún así “la frialdad que caracterizaba al personaje que desde joven asumió la imagen clásica del dando, se transformaba cuando estaba con Salvador.”

Alighieri cuenta que nunca hubo relación carnal alguna entre ellos. Según él, Cernuda se limitaba a contemplarlo mientras hacía algunos ejercicios y el poeta hacía anotaciones en unas hojas (probablemente escribía los ya mencionados poemas). Pero es el mismo Cernuda quien lo contradice, léase (e interprétese como quiera) esta cuarteta que remite a la idea mística de la unión de los amantes en el acto amoroso para ser uno mismo: “Y entró la noche en ti, materia tuya / Su vastedad desierta, / Desnudado ya el cuerpo tan amigo / Que contigo uno era”.

Los “Poemas a un cuerpo”, leídos ya bajo la fuerte influencia del reportaje de Bertrán, hablan de la condena a que Cernuda fue sometido por Alighieri: en los siguientes poemas (digamos los 14 restantes de los 16 de que se compone la serie), el andaluz glosa otra de sus ideas fijas, el olvido. A pesar de pedírselo (“Pero así no le dejes”), Salvador Alighieri olvidó al poeta, por su ajetreada vida tuvo que dejar la ciudad sin despedirse de su tan amado amigo, según relata en el reportaje, no le salvó ni le condenó, simplemente lo olvidó y lo dejó. El olvido de Alighieri por Cernuda atormentó el resto de sus días al andaluz y lo amargó más. Alighieri vivió en Cernuda como un olvido que es un recuerdo sucesivo, persistente, y no más:

Bien sé yo que esta imagen
Fija siempre en la mente
No eres tú, sino sombra
Del amor que en mi existe
Antes que el tiempo acabe.

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