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Aquel día, Jorge despertó más temprano. Se puso su mejor traje y la corbata que le regaló Mario, su pareja. Vestido de azul marino, camisa blanca y corbata color plata, se dirigió a la entrevista de trabajo que por años había esperado. La cita era en Santa Fe, en uno de los tantos corporativos que hay en la zona.
Al llegar, Jorge se emocionó porque el posible lugar de trabajo se veía maravilloso, con un panorama increíble y “gente bien” por todos lados, pero sobre todo porque sabía que de conseguir el empleo, aumentaría en mucho sus ingresos además de dar un gran salto profesional. Todo indicaba que el puesto estaba hecho a su medida. Quien lo recomendó le había dicho que no sería demasiado difícil, en realidad solo trámite, porque las cosas ya estaban “arregladas” además de que ya había aprobado todos los exámenes psicométricos y de capacidades técnicas y gerenciales.
La entrevista no pudo ser mejor. Las preguntas fueron respondidas con seguridad y los conocimientos salieron a la luz. Jorge incluso sintió cierta empatía con el entrevistador, el Director General de Mercadotecnia, que sería su jefe. De hecho, al final comenzaron a platicar sobre asuntos más triviales y personales. “Yo estudié donde tú mismo, pero hace mucho tiempo, ¿todavía sigue igual la Universidad?”, preguntó el directivo. De esto y aquello, los buenos y malos profesores; los p, y después vino la interrogante obligada: “¿Tienes novia?..”
Jorge nunca ha negado su orientación sexual, tampoco la lleva como un tatuaje en la frente, pero ante las preguntas directas siempre había sido franco. No sería la excepción: “No, pero vivo con mi pareja, Mario”, respondió. Se hizo el silencio. El reclutador, se movió de su asiento y, nervioso, tomó papeles, lápices y, como si lo hubiera pedido, sonó el teléfono. “¿Me permites?.. Diga… ah, de acuerdo. Un momento… Bueno, Jorge, gracias por la entrevista, nosotros te llamamos”. Pero la llamada nunca llegó.
Como Jorge existen muchos casos. La discriminación laboral hacia gays y lesbianas es cosa de todos los días, pero quienes la sufren más todavía son las personas transgénero-transexuales. Natalia Anaya, bisexual, transexual y activista, asegura que cuando tomó la decisión de someterse a una reasignación sexual, primero tuvo que comenzar a vestir y comportarse de acuerdo con su correcto género, el femenino, para entonces enfrentarse a lo más difícil en cuestión laboral.
“Aunque algunos me digan que soy incongruente, en el trabajo tengo que seguir un poco en el closet, pero como asegura Monique Witting, nadie está nunca totalmente fuera del closet y nadie nunca está totalmente dentro de él. Yo tengo mis espacios bien claros. En mi trabajo tengo 21 años y tengo 48 años de vida. No estoy dispuesta a poner en riesgo el empleo que me da de comer a mí y a mis hijos.”
Aunque Natalia acepta que el closet es “horrible y dañino para mi salud emocional”, también reconoce que tiene “un sentido importante para protegerme de la discriminación y el rechazo”. En el trabajo, por tanto, viste de hombre, aunque poco a poco se dejó el cabello largo, las uñas y los aretes. “Como bisexual y trans no siempre puedo mostrarme en todos mis espacios vitales. Particularmente me es muy importante no perder la posibilidad de acercarme a mis hijos y no poner en peligro mi trabajo”, comenta.
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