Faltan diez minutos para que den las cinco de la tarde. Los cubiertos en la mesa están puestos con dedicación. Hay tres lugares que reunirán al mismo número de miembros en un ritual diario donde convergen aromas y sabores; resplandores de convivencia y explosiones de afecto, de amor.
Cronos avisa que la hora ha llegado, el protocolo así lo exige. Ellos dos se sientan frente al pequeño César, quien a pesar de tener tan sólo 8 años da muestras de gran soltura y extroversión. Inicia la comida. El ambiente es propicio para comentar las anécdotas del día, en el trabajo y hasta en la escuela.
Se conocieron hace siete años, y a pesar de que siempre supieron de su homosexualidad hicieron una vida heterosexual. Marco no tuvo hijos, pero Efrén sí: César. Ahora los tres viven en un pequeño pero confortante departamento en la Romita. Son como los Buendía en Cien años de soledad: “una estirpe como la nuestra no tiene una segunda oportunidad en la tierra”, bromean.
Como ellos, en México existen decenas de familias diversas, de todos los niveles socioeconómicos, religiones y caracteres, dispersas en la ciudad y en provincia, con necesidades sociales y una vida común.
La célula básica de la sociedad
Familias sin un “jefe”; las constituidas por dos mujeres o por dos varones con hijos, mascotas o ninguno de éstos; las formadas a partir de segundas y terceras nupcias; en las que los hijos circulan entre un hogar y otro. Familias de ancianos; donde hay madres y padres solteros; amistades con fuertes vínculos que sin algún parentesco establecen formas de convivencia basadas en el afecto y la solidaridad…
Todo es una operación estadística que multiplica las posibilidades. El orden de los factores no altera el producto. Y es que definir el término familia no es tarea fácil; la experiencia de cada persona hará que ésta tenga un concepto diferente, diverso, pero no por ello menos válido.
“¿Quién ha dicho que las familias son sólo papá, mamá e hijos?”, cuestiona Efrén mientras pasa el tazón con ensalada a Marco, quien a su vez le esboza una carismática sonrisa como muestra de amor, ése que nació por vez primera en la fila del cajero automático.
Escuchar aquel término nos remite de inmediato a la imagen en donde padres y vástagos conviven en “perfecta armonía”. No así cuando se trata de una familia diversa, cuya definición se mantiene intencionalmente distante por temor a lo “nuevo”, por miedo a aceptar lo que de forma tradicional ha ido perdiendo su estructura original.
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