27 de febrero de 2007
 Espacio Público Vicente Fox, al banquillo de los acusados Todo parece indicar que Vicente Fox tendrá la misma suerte que otros ex presidentes. Como ya es tradición, el sistema político le cobrará una factura ahora que ha terminado su mandado y que se encuentra desprovisto del máximo poder público.
Víctor Espíndola
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Ha ocurrido con la mayoría de los ex presidentes de la era moderna. Sin existir poder humano para evitarlo, a quienes fueron inquilinos de Los Pinos, una vez concluido su sexenio, son sometidos a una persecución política y, en el peor de los casos, judicial. En el menor de los casos, a un ajuste de cuentas mediático. Así pues, a Vicente Fox lo persigue rápidamente su propio destino: ocupar un deshonroso papel en la Historia nacional.
Efectivamente, con la creciente democratización de nuestro sistema político, la Historia ya no es propiedad exclusiva de quienes llegaron al poder. Hoy en día, con mayor rapidez que cuando la hegemonía priísta, los ex presidentes y ex funcionarios de alto nivel son expuestos casi enseguida de que abandonan el puesto al escrutinio público.
No había abandonado del todo la Secretaría de Hacienda, por ejemplo, cuando a Francisco Gil Díaz le sobrevinieron uno tras del otro los periodicazos. Su incursión en el consejo del gigante bancario HSBC, le provocó la crítica sistemática y sustentada sobre su gestión al frente de la administración de los impuestos. Se le acusó desde nepotismo hasta tráfico de influencias.
Pero vayamos más atrás. La Historia ha sido condescendiente con algunos ex presidentes que emergieron de la Revolución Mexicana, es especial con Lázaro Cárdenas, cuyo prestigio incluso alcanzó a dos de sus generaciones descendientes. Miguel Alemán, cuya estirpe política-empresarial alcanzó hasta la tercera generación, también tiene un lugar privilegiado en los anales del tiempo, así como Adolfo López Mateos, a quien en realidad le tocó la mayor estabilidad política y económica del México moderno; únicamente enfrentó alguno que otro problema sindical.
Asimismo, Ernesto Zedillo corrió con buena suerte. Su gran virtud fue haber permitido la transición política con el sacrificio a su propio partido y candidato, lo cual le colocó incluso como el gran estadista del siglo XX. De hecho, Zedillo renunció a su sueldo vitalicio como ex presidente porque tiene amplia suficiencia económica y enorme prestigio, alejado del juicio de la Historia.
En otros casos, la musa de la Historia, Clío, ha sido indiferente con otros ex mandatarios, o al menos les asigna un papel gris, como a Manuel Ávila Camacho, cuyo principal mérito fue ceder el trasladar el poder de los militares a los civiles y cuya memoria, en todo caso, está siendo manchada por su homónimo descendiente; Adolfo Ruiz Cortines es otro que pasó sin pena ni gloria por la Presidencia, apenas se recuerda su gusto por el danzón veracruzano.
Con el resto de los ex mandatario la dama del tiempo ha sido implacable, quizá en congruencia con ese rito de "muerte al líder" que data desde las formas más primitivas de dominación y poder político. Por ejemplo, a Luis Echeverría todavía en este momento se le está procesando por su responsabilidad de la matanza del 68 así como de la masacre del jueves de Corpus, primero como secretario de Gobernación y más adelante como presidente de la República. Una y otra vez ha evadido la justicia, pero en la memoria colectiva Echeverría ocupa el lugar de máximo genocida, incluso más que Gustavo Díaz Ordaz, a quien la muerte ha disminuido culpa y responsabilidad de tan oscuro capítulo de nuestra historia moderna.
José López Portillo es otro ex mandatario de triste memoria. Administró la riqueza petrolera de México para después llorar como "perro" la caída del peso frente al dólar. Su familia, con maestría en nepotismo y autoritarismo contribuyó para que al ex presidente, además de repudiado por el colectivo social, los últimos años de su vida viviera sin la riqueza que siempre tuvo.
De acuerdo con el periodista Rafael Loret de Mola, Miguel de la Madrid introdujo a la cofradía de la mano caída en la elite del sistema político, pero no por esa acción se tiene mal recuerdo de su paso por la Presidencia, sino porque junto con su secretario de gobernación, Manuel Bartlett, fraguó el fraude electoral de 1988, hoy considerado como una verdad histórica. Por tal responsabilidad, además de establecer el neoliberalismo como forma de ejercicio público, De la Madrid es otro al que tampoco se le perdonó en el juicio público post sexenal.
Por su parte, Carlos Salinas de Gortari es indudablemente el ex presidente al que la Historia ha juzgado con más dureza, quizá porque su sucesor vio en la muerte de su líder un recurso muy popular de legitimación y de distracción ante la monumental crisis económica que sucedió en 1995. No sólo le tocó el desprestigio personal, sino también la persecución judicial de su familia, particularmente de su hermano Raúl, quien pasó diez años en prisión. Salinas de Gortari sigue siendo el villano favorito, el mismo "innombrable" de López Obrador.
Vicente Fox no tendrá la misma buena suerte que su antecesor inmediato. Por la boca murió el pez, reza el dicho, y éste le queda como anillo al dedo al guanajuatense. Pues bastó que Chente declarara haberle ganado la revancha del desafuero a López Obrador mediante el triunfo de Calderón, para que entonces el PRD, vengativo, impulsara sendas denuncias penales contra el ex mandatario. Tampoco será fácil olvidar el tráfico de influencias y el inexplicable enriquecimiento de los hijos de Martha Sahagún, otro lastre en el prestigio del panista.
Pero más allá de revanchismos entre partidos, por iniciativa propia Fox se ha sentado en el banquillo de los acusados en este juicio de la Historia. Se le recordará como un presidente mandilón, nada inteligente y quizá el más inculto. También como el paladín de la libertad que a la postre olvidó su misión, puesto que el máximo tribunal electoral ya lo identificó como el ejecutor de una campaña mediática y política que puso el riesgo la democracia.
Ese será el papel que jugó el primer presidente panista de México, y más vale que se consiga un buen abogado el ahora conferencista, pero sobre todo que cierre la boca, porque la pluma que escribe sobre el tiempo, ya comenzó ha cobrarle la factura. En algo tiene razón López Obrador: a Fox se le recodará como el presidente más tonto de la Historia. |
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 Fox, recordado como el presidente más tonto de la Historia
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