18 DE ENERO DE 2007 Erotismo gay en botas de hule con "Toda esa gran verdad" La ópera prima de Eduardo Montagner entra a la homoliteratura mexicana, analizando el fetichismo gay como patología y simbolismo en las relaciones humanas y, a su vez, marca el inicio en su búsqueda constante del gran ideograma del origen personal.
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 Montagner, literato obsesionado con los ideogramas japoneses
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Carlo está enamorado de Paolo. No, más bien lo está de las botas de hule que utiliza su amigo en su labor como ganadero. Las botas son el pretexto del autor para construir su ópera prima literaria, muy distinta a lo habitual en lo que se ha dado en llamar literatura con temática gay: versa sobre el fetichismo homoerótico. Esas botas simbolizan la masculinidad arquetípica, la esencia del ser viril, por lo que se trata de una semiótica literaria muy al estilo, dice Eduardo Montagner, de Yukio Mishima en "Confesiones de una Máscara" o a la lejana manera de un Thomas Mann en "Muerte en Venecia", obras clásicas donde lo gay es interpretado porque no se asume ni se presenta de forma evidente, es esencialmente simbólico.
El novel literato quien durante su adolescencia vivió obsesionado por los ideogramas del idioma japonés –y que le permitió más tarde descubrir su vocación de lingüista–, describe el leit motiv de su historia "Toda esa Gran Verdad", porque lejos de ser el típico trama homosexual de enredos amorosos y encuentros sexuales explícitos o metafóricos, está configurada en torno al lenguaje simbólico y los secretos de unas botas de hule cuya narración in crescendo, sirve para adentrarnos en los personajes y conocer los conflictos sexuales y existenciales que podría tener cualquier fetichista: "me interesaba más una novela fetiche, una novela ideograma, y con la simbolización de la masculinidad anhelada por el protagonista", argumentó Montagnier en entrevista exclusiva para Anodis.
Se trata, pues, de una pasión más bien abstracta y ontológica: lo que representa Paolo por sus botas, el ideal de la virilidad. No es la expresión de un amor prohibido que se realiza en los establos, tampoco el cuento de los sinsabores del amor mal correspondido, menos las presiones de un joven gay que vive el drama de un entorno doblemente homofóbico, mucho menos un compendio de joteos y perreos o de todo el caló del ambiente homosexual nativo, o las ensoñaciones platónicas del varón atraído sexual y eróticamente por otro en el contexto de un pueblo campesino. Es la afloración narrativa de una extraña pasión fetichista por un objeto que de erótico no tendría que tener absolutamente nada.
Se trata de parafilias desde el punto de vista homosexual, que provocaron que la novela fuera categorizada dentro de la temática gay quizás sin serlo, según el punto de vista de críticos de las letras contemporáneas.
De acuerdo a los estudios que el entrevistado hizo previamente a la construcción de su obra, el fetichismo "es la más humana de las perversiones dado el simbolismo sexual que lo conforma y que surge de la idealización máxima de la persona o pareja que por diversos motivos se pretende anular o sustituir mediante objetos. Ninguna de las otras parafilias prescinde tanto de otro ser humano", considera.
No se trata de una patología sexual, aclara el escritor nacido en Chipilo, Puebla, pues el fetichismo se fundamenta en una enfermedad de la relaciones interhumanas, "en la inconformidad con algo de la vida que lleva a inventarse un mundo dominado, aunque sea desde el caos donde la realidad se niegue o al menos se construya otra paralela".
Así, en la novela, Carlo construye una pasión paralela por las botas de Paolo como un acto de rebeldía con su entorno que le obliga a dedicarse al campo, vestir y calzar de cierta manera y comportarse y amar sujetándose a determinados cánones:
"El personaje se descubre diferente y entonces su identidad empieza a construirse a su manera. Además, en todas las pasiones fetichistas —y en la de Carlo en particular— encontramos una especie de infantilismo sexual, una imposibilidad de aceptar a la pareja como tal, y entonces sobreviene el destazamiento de la persona anhelada y su sustitución por una prenda o, como en este caso, por el calzado. Es una especie de simbolización de la imposibilidad de amar: un conformismo quizá. Carlo, en el fondo, más que amar a Paolo, habría deseado ser él: pisar el suelo que él pisa, vestir su ropa, tener a sus padres, penetrar a sus mujeres, respirar su aire...".
Eduardo Montagner es un joven literato poblano, egresado de la carrera de Lingüística y Literatura Hispánica de la BUAP y confiesa que desde adolescente, en los ochentas allá en Chipilo, su terruño donde la mayoría de habitantes se dedica a la agricultura, ganadería, elaboración de productos lácteos y a la confección de muebles rústicos, tuvo el deseo de escribir algo con códigos cifrados acatando las reglas de la escritura ajena, pero al mismo tiempo se aventuró en el descaro de construir su propia escritura. Por eso, antes de publicar su novela que implicó más de un lustro de profuso trabajo, se metió a fondo a estudiar el idioma japonés y lo más importante, aportó estudios lingüísticos para la comprensión, el rescate y preservación de la lengua minoritaria que hablan los chipileños, el véneto, publicando diversos textos sobre este patrimonio lingüístico que lamentablemente tiende a perderse.
En español, su primer fruto fue "Toda esa Gran Verdad", producto del taller literario impartido por Daniel Sada en la Casa del Escritor de Puebla. Aunque escribió su novela en español, sus páginas recrea escenarios, atmósferas, personajes y tramas surgidos de ese entrañable rincón semejante a los pueblos italianos y ubicados en el agro poblano, entre Atlixco y Cholula, y protegido por las sombras eternas del Popocatépetl e Iztaccíhuatl.
Sin intenciones etnoculturales, pero sí dramáticas, pues se trata de una ficción novelada y no de un ensayo sociológico o histórico del pueblo y sus habitantes, Montagner rescata la figura de las botas de hule que usan los varones en sus jornadas campiranas y en los establos y les da una connotación simbólica extrañamente distinta, pues construye con ellas un ideograma de la masculinidad, esa misma que justifica la vida tormentosa y de constantes búsquedas, encuentros y desencuentros de muchos homosexuales reales o ficticios, como lo hicieron en páginas noveladas Adonis García en "El Vampiro de la Colonia Roma", de Luis Zapata, o David en "Cielo de Invierno", de Luis González de Alba.
El protagonista, indica Eduardo, es un joven gay que se siente incapaz de calzarlas, padece y goza envidiando ontológicamente a Paolo, amigo suyo heterosexual y novio de su prima, que las calza a diario, sin dramas de su parte. Ese fetiche, las botas, sin embargo no las puede usar Carlo:
"Su espíritu no estaba hecho para dedicarse a ese tipo de labores o no sólo a eso: él quería algo más del mundo, pero también anhelaba poder ser lo que su medio le pedía. Además, en alguna parte de la novela Carlo, al descubrirse imposibilitado de amar "como hombre" (según los preceptos sociales de su pueblo) se sintió ya también incapaz de llevar ese símbolo tan masculino que para él era calzar esas botas, y todo lo que ello implicaba, o viceversa".
El mayor peso narrativo de la novela, publicada por la editorial Alfaguara en octubre de 2006, recae sobre Carlo, quien de principio a fin nos lleva a la exploración de los avatares cotidianos y elucubraciones de su personalidad, nos mete al fondo de su conciencia, es una introspección en los altibajos y paradojas de su obsesión enfermiza. Vivimos con él sus fantasías eróticas, donde ocurre de todo menos lo concreto o lo que el lector esperaría, conocemos junto con él sus conflictos internos, es aquí donde radica la importancia del libro, llevar al lector de la mano al conocimiento de esta parafilia.
Por lo que toca al objeto de su deseo, Paolo –o más bien sus botas–, casi no interviene en la narración, "aparece modalizado por la idealización; él es más acciones y cosas: acciones y cosas que Carlo no puede realizar ni tener y por eso las crea a partir de la palabra. En la novela se narran las transformaciones del personaje a lo largo de todo su primer desconocimiento de sí hasta llegar a un desmenuzamiento de sus inconciencias".
"Toda esa Gran Verdad" no es sólo una ficción novelada. Su riqueza va mucho más allá, rebasa las fronteras íntimas del autor, pues de acuerdo a sus precoces vivencias como literato, Eduardo Montagner ve en el arte literario "la mejor salvación para las identidades individuales y colectivas... la escritura es lo más honesto y cruel que conozco", según sus propias palabras. Con su mundo de letras trata de cerrar el círculo de su existencia, da sentido a sus orígenes y destino en el que está como prioritaria su lengua étnica original, el véneto, por lo que está trabajando en otra novela donde narrará en su lengua natal las vivencias del primer italiano enterrado en el cementerio de Chipilo y que titulará "Al Prim", o "El Primero".
Su obsesión adolescente por los ideogramas continúa hoy permeando su trabajo porque está construyendo sus propios códigos que expresen sus heridas de ver la vida, porque –fiel a las lecciones de Sergio Pitol–, considera que la novela es una impresión personal y directa de la vida, –o a las de Juan García Ponce–, cree que la realidad del personaje y la del autor es una misma en el espacio que crea la obra.
De esta manera, en cada texto que escribe en véneto o en español, Eduardo Montagner, desde el punto de vista de este entrevistador, está justamente –y a modo– construyendo ese ideograma personal que –a manera de fetiche–, es lo que mueve su labor profesional. Hay más de él en una segunda parte de la entrevista. |
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