10 DE NOVIEMBRE DE 2006 Sociedad de Convivencia, más allá del espejismo La aprobación de la Ley de Sociedad de Convivencia no es un triunfo político del PRD, ni de ninguna figura efímera que la hubiera promovido en el pasado. Esta iniciativa debió haberse aprobado en el 2001, y ahora era el momento de fortalecerla.
Luis Manuel Arellano
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En este sentido -que me disculpen quienes festejan desde la emotividad- se aprobó una ley obsoleta, por lo que la trascendencia del hecho es el inicio de un camino jurídico sobre el que mucho habrá que seguir construyendo.
Comento lo anterior porque haciendo una lectura escrupulosa de su contenido éste resulta insuficiente para lo que se espera de ella, toda vez que dicha ley no cambiará sustancialmente en los próximos años la inseguridad y la vulnerabilidad de la población homosexual. Las relaciones homoeróticas son mucho más complejas, intensas, abstractas y sublimes que las situaciones vagamente reglamentadas por ese ordenamiento civil.
Sin embargo, y a pesar de todo, su tardía aprobación constituye una buena noticia: no para las parejas lésbicas o gays, ni para el colectivo de las identidades emergentes; sino para derrumbar ese discurso miope e irracional que durante siglos ha alentado la homofobia en nuestro país.
No nos engañemos. La Ley de Sociedad de Convivencia puede fracasar si no está sostenida en dos soportes indispensables para que trascienda más allá del simbolismo. En primer lugar, el Gobierno de la Ciudad de México y la mayoría perredista en la Asamblea Legislativa deben impulsar una política integral que castigue efectivamente la homofobia y la violencia en contra de quienes disienten del heterosexismo, junto con un programa de gobierno que promueva el respeto a la integridad, la dignidad y la salud sexual de la población ahora reconocida jurídicamente.
En segundo lugar, esta ley tendrá sentido y futuro si sus beneficiarios comprenden que vivir en pareja con las vagas responsabilidades que el ordenamiento jurídico ha establecido significa, también, revisar y modificar un estilo de vida muchas veces frívolo, que con frecuencia reduce la elección homoerótica al sexo genitalizado.
El reto, por todo lo anterior, apenas inicia para el colectivo de las identidades sexo genéricas subversivas, porque siendo un puente hacia su reconocimiento jurídico su carácter “subversivo” habrá de modificarse para, paulatinamente, ir adquiriendo visibilidad y rango ordinario.
Queda mucho camino por transitar en el propósito de que la nueva ley cumpla su función y otorgue los primeros aunque limitados beneficios que ofrece. Pero habrá de adquirir sentido y pasará a la historia, si los hombres y mujeres no heterosexuales interesados en suscribir esta sociedad aportan su enorme talento para asumir el reto de planear la vida en un ritmo distinto, con miras a mediano y largo plazo, incluso pensar en envejecer, construir un efectivo patrimonio común (lo cual supone cultura del ahorro y la inversión), pero sobre todo, la convicción de que compartir derechos en una sociedad regida por normas supone, simultáneamente, mirar la existencia en todos los colores.
Por fortuna el arcoiris cubre todo el espectro de expresiones y posibilidades. Este reto no es imposible, más es el siguiente e inevitable paso. |
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 La aprobación de la ley no es triunfo de ningún partido
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