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21 DE AGOSTO DE 2006 ¿Es necesaria una conciencia política LGBT? A través de los años hemos visto cómo los apoyos a la comunidad homosexual han sido capitalizados de mil formas. Es hora de pensar en los resultados que como tal se pueden conseguir, más allá de la batalla mediática que se libra desde el 2 de julio.
Parecerá una idea desdibujada en estos tiempos postelectorales, más aún, descabellada. El hecho en sí es poder conocer los hechos pasados y presentes y con ello descifrar las aristas de un conflicto que devino en un problema de gobernabilidad en el país.
Como se ha reflejado en esta columna, los integrantes de distintos sectores de la nación se han metido en una batalla por las migajas de ese sistema político que gobierna este país desde hace más de 70 años. Lo que muchos olvidan, incluyendo a los funcionarios, gobernadores y a la sociedad en general, es que el poder real pertenece a las bases, a la gente en sí. Al pueblo, dirían los más aventurados.
Regresar es la consigna
Como ejemplo tenemos a las redes ciudadanas. No las de Andrés Manuel, sino aquellas que desde sus casas o espacios comunes van haciendo política real día a día. Sin duda, una de las más atrofiadas en estos tiempos es a la que pertenecemos la mayoría de los hombres y mujeres homosexuales de México. Los colectivos "gays" han hecho un trabajo destacable, no así los integrantes de esa comunidad. Políticamente hablando, su presencia ha sido mermada por el paso de gobiernos, candidatos y funcionarios, que no sólo han utilizado a la gente de ese extracto de la sociedad para capitalizar votos, apoyos y de paso, para canalizar ciertos recursos que vagamente se notan en la sociedad misma.
Un ejemplo claro de ese efímero apoyo –y más bien, el inicio de la política de integración que quedó a medias– es la creación de la Clínica Condesa, que desde hace seis años atiende a un buen número de personas infectadas con VIH de manera gratuita. Se considera legado de la administración de Cuauhtémoc Cárdenas y Rosario Robles, quienes aprobaron su fundación con el fin de apoyar a este sector tan marginado en cuanto a salud se refiere y que parecía ser el primero de muchos actos a favor de la comunidad homosexual de la Ciudad de México.
Sin embargo, la promesa de aprobar una ley que garantizara la unión de parejas del mismo sexo y muchas otras que no están reconocidas en las legislaciones mexicanas, fue apenas eso, una promesa que se quedó varada, en la congeladora, de la pasada legislatura de la Asamblea Legislativa del DF. Su promotora, Enoé Uranga, sorteó las zancadillas de sus compañeros de bancada y de partido, el PRD, al punto de declararse como diputada independiente y posteriormente, con la ruptura con el partido y sus personajes más importantes.
Este hecho simplemente consumó la idea de que a los políticos no les interesa más que propio bienestar. Y sigue siendo así, ya que a más de 3 años de que se cancelara oficialmente su dictamen y su discusión, la Ley de Sociedades de Convivencia no tiene para cuando ser retomada, reformada o siquiera tomada en cuenta. Se habló de fallas en el dictamen, de errores a la hora de plantearla y con ese argumento se regresó a las respectivas comisiones para su revisión y posterior llegada a la congeladora legislativa. ¿Por qué? Porque no fue considerada en su momento como prioridad para los diputados que deciden los destinos legales de esta ciudad.
La manifestación por parte de la comunidad homosexual no se hizo esperar y desde hace tres años se celebra una boda simbólica cada 14 de febrero en la explanada del Hemiciclo a Juárez, con el fin de hacer legal, posteriormente, esas uniones que quedan asentadas en actas que serán entregadas a los diputados cuando sea procesada de nuevo dicha ley.
En teoría suena más que bonito, pero demasiado etéreo para fines prácticos.
Si un partido como el PRD, que se dice de izquierda, no hizo sino mandar al letargo esa ley, supuesto inicio de un cambio real para la comunidad homosexual, qué se puede esperar de las autoridades de derecha que pretenden adueñarse del poder en este país. Lo más sorprendente, aún dentro de la comunidad homosexual, es justamente el rechazo al candidato que pretendía alzarse con la victoria el pasado 2 de julio, abanderado de una coalición que se identificó con la izquierda moderna y que toma muchos de sus ideales de países más desarrollados en ese sentido.
Ahora, a casi dos meses de haberse celebrado las elecciones presidenciales, se escuchan voces dentro de la comunidad homosexual que piden el cese al secuestro de la ciudad, que esperan tener un resultado favorable para sí mismos, arguyendo que el candidato de la derecha puede "llevarnos" a buen derrotero.
La pregunta, en todo caso, sería ¿realmente se piensa que la derecha, eterna enemiga de las causas homosexuales, con sus aliados en la iglesia, en las organizaciones conservadoras, con sus ideas liberales pero al mismo tiempo represivas, con su idea de familia como tradicionalmente la conocemos, será capaz de respaldar todo ese apoyo que la comunidad homosexual le brindó en las urnas en julio pasado?
Sin duda, este apoyo es resultado de una polarización que parece ser más evidente en los hombres y mujeres "gays" del país, dado que muchos no se identifican como parte de una comunidad, sino, al contrario, como entes individuales que sólo ven por el bienestar de sí mismos y de sus allegados.
Afortunadamente, los colectivos "gays" han hecho un trabajo que es innegable, pero que se ve minimizado por la actitud tan reacia, tan indiferente, tan estrecha, de las bases. Esas bases que al mismo tiempo son copartícipes de la gobernabilidad de este país, pero que parecen haber olvidado el poder que su voz y voto.
Crezcamos, pues, para dejar de ser un émulo de la democracia; para tener una izquierda moderna que lo mismo reconozca a los homosexuales que a las madres solteras, que a los integrantes de ciertos grupos que pueden ser muy poderosos. Crezcamos, pues, para tener legisladores que hagan su trabajo, para que haya cada vez más gente asumida con su propia identidad, para que en un futuro haya una ley que proteja a los más vulnerables y que se evite su pisoteo legal. Crezcamos para tener, eventualmente, a gobernantes, legisladores y gente de las cúpulas políticas que no sólo simpaticen con las causas de la comunidad, sino que las apoyen y sean partícipes de ellas.
Parece, insisto, una idea desdibujada, pero que adquirirá forma en cuanto la gente, el pueblo, la sociedad, sea capaz de reconocerse y aceptarse. Así como nos aceptamos ante nosotros mismos, ante nuestras familias, ante nuestros núcleos, hagamos el intento para aceptarnos y coexistir en un mismo espacio. ¿El recompensa? Un mejor escenario para todas y todos los homosexuales del país.
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