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De ser instrumento de investigación científica o sistema de enlace militar, la internet en los últimos años se ha transformado en el quinto mass media y en elemento indispensable para la intercomunicación en diversos sentidos, específicamente para los solitarios, es una forma discreta y directa para el contacto romántico o simplemente para el cibersexo.
Toda una vida le llevó a Florentino Ariza descubrir que los síntomas del amor son muy parecidos al cólera, pues más de una vez padeció vómito, diarrea y dolor intestinal sólo porque Fermina Daza no respondió a sus ardores sensuales, pero una vez que ella enviudó se entregó a éste, después de 53 años, 7 meses y 11 días con sus noches, según la célebre novela de Gabriel García Márquez, “El Amor en los Tiempos del Cólera”, cuyo título me robo y comparto con el periodista Agustín Sánchez González, quién también escribió sobre las relaciones humanas contactadas a través del chat, sólo que en su caso se refiere a los ligues entre personas heterosexuales y que se puede encontrar en el la página web de la revista Etcétera.
La analogía con la novela tiene sentido, porque a semejanza del personaje que esperó toda su vida para que su amada de juventud le correspondiera, una gran cantidad de chicos que contactan con otros chicos con fines eróticos, sentimentales o fraternales son capaces de esperar mucho tiempo para conocer a su “novio” o “amigo”, con quienes aseguran llevar una amistad o una relación de amor teniendo como único elemento de enlace la pantalla de su pc y como testigos de sus devaneos amorosos y de sus escarceos libidinosos al mouse y al teclado, los ardores de su amor se transforman en bytes y por una extraña facultad extrasensorial y de abstracción mental llega a “sentirse” como una experiencia casi real, es decir, virtual.
¿En serio existe el enamoramiento virtual? La cordura dice no, es de ilusos, pero los implicados en una relación cibernética juran que sí y no se lo toman a juego, ellos no están de acuerdo cuando se les dice que están emocionados más que enamorados, los motiva la expectativa de hacer realidad su sueño romántico, más parecido a los idílicos mitos del amor que narra Ovidio en “El Arte de Amar”, pero en realidad se enamoran de la probabilidad, de la ilusión que les despierta poder poseer al perfecto objeto de su deseo, aquel que construyeron en su mente sin tomar en cuenta que ese ente maravilloso podría estar construido en falacias.
Muchos, por su falta de suerte en el amor, así se consideran ellos mismos, por su soledad y su cansancio de probar y desilusionarse con frecuencia, por el miedo al fracaso, son fácilmente enamoradizos de las probabilidades más que de las realidades. Las dolorosas experiencias los obliga a irse con tiento, evitan centros de reunión gays o que alguien le presente un buen prospecto; paradójicamente optan por recurrir al medio más arriesgado para establecer contacto con otros chicos porque las posibilidades del desengaño son mayores, otros más han desarrollado un temerario gusto por los riesgos, quizás se han hecho adictos al dolor que implica fracasar, quizás la adrenalina que arroja la aventura les hace sentirse vivos y andar siempre en un círculo vicioso.
Es el deseo de apropiarse de la intimidad de un desconocido convertido en objeto amoroso perfecto, como explica Erich Fromm en “El Arte de Amar”, lo que nos hace sentirnos enamorados de una quimera, un alguien que no tiene figura ni forma, menos rostro, pero con el que soñamos, sólo poseemos el nickname de esa alma gemela, tal vez una foto que no es suya y datos de un perfil supuestamente afín a lo que uno es, la platónica ilusión romántica hace torpe la razón.
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