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15 DE DICIEMBRE DE 2002
Cuartos Oscuros: sexo sin desodorante
En cuatro o cinco lugares de la Ciudad de México puede presenciarse una práctica sexual furtiva, en la que la regla es conocer a la pareja y olvidarla a los pocos minutos. Aunque su operación no es reciente, estos lugares han adquirido mayor resonancia.

Redacción Anodis

(milenio.com) por Blanca Valadez.- Ahí, sus únicas guías en medio de la oscuridad son las manos y el olfato para no perderse en esos espacios donde 15 o 20 sombras se buscan, extienden los brazos, encuentran una espalda, un tórax, las nalgas o la rigidez del sexo de algún extraño que acepta gustoso intercambiar caricias por minutos.

Ahí la noche dura 24 horas, porque su nombre mismo lo evoca: cuartos oscuros, donde decenas de homosexuales se reúnen en el silencio y el anonimato para tener relaciones furtivas, creando una atmósfera lejana de los desodorantes y ajena a “la maligna idea del pecado”.

Situados en casonas viejas remodeladas de dos o tres niveles, los cuartos oscuros se ubican cerca de viviendas familiares y de comercios que ignoran la actividad que se desarrolla en el interior de esas moradas. Ninguno de esos sitios tiene letrero que los identifique.

Tampoco permiten la entrada a cualquiera que toque el timbre. Además, operan como si se tratara de una oficina, con la peculiaridad de prestar servicios las 24 horas. En la recepción, el encargado da el visto bueno y por lo regular agiliza el ingreso de los nuevos cuando van acompañados de alguien conocido.

Todos deben apuntar un nombre y la hora de llegada sobre un libro de visitas. Si a alguno le detectan aliento alcohólico o tiene más de 40 años de edad, sencillamente no pasa.

Juan Carlos, asiduo visitante durante años de estos clandestinos espacios de placer, comenta que los pasillos conducen a diversas áreas como el bar o salones de baile y video, a las duchas o saunas, a la cocina y, por supuesto, a los tres o cuatro cuartos oscuros de gran dimensión, adonde casi inmediatamente la mayoría se dirige, “porque a eso van”.

Ciertos lugares de la Zona Rosa manejan aún el concepto estadunidense de onda leather, es decir, es requisito vestir de cuero o mezclilla, con camiseta y sin desodorante. Ahí lo que se busca es rendirle tributo al fetichismo del macho.

Sexo rápido

Fermín, otro puntual visitante de los cuartos oscuros, que lo mismo se encuentran en Paseo de la Reforma que en Avenida Insurgentes, Viaducto o el Centro Histórico, cuenta que a dichos espacios asisten hombres de 20 a 40 años de edad con el único propósito de tener sexo rápido.

A Juan Carlos, el llamado “de vivir una aventura” lo hizo acudir por primera vez a un Cuarto Oscuro en 1995. “Tenía cerca de 30 años y mi primera impresión no fue nada agradable. El lugar me pareció sórdido y francamente deprimente por la ignominia y el tipo de personas que vi entrar. Con el tiempo mi percepción cambió y hasta hace dos años iba con regularidad. Hoy tengo pareja y no deseo más aventuras”.

Fermín y Juan Carlos no recuerdan si algún amigo les recomendó alguno de estos lugares, pero coinciden en señalar que la información de su existencia y localización sólo se encuentra en ciertas revistas, sitios de internet y puntos de reunión homosexual. En esos lugares de divertimento es posible encontrar volantes e información. Muchas veces simplemente se transmite en las pláticas que se cruzan en esas reuniones ocasionales y en donde la clave para designarlos en algunas ocasiones es la palabra: “Masajes”.

Algo de historia y orígenes

Los cuartos oscuros surgieron en Nueva York. Andrés de Luna recuerda el famoso Cine Adonis, que a un costado tenía montada una especie de caja de tráiler adonde se introducían hombres de todas las clases sociales y edades con la intención de practicar verdaderas orgías. No usaban condones porque en la década de los setenta el Sida no era conocido.

En México, la tendencia a crear cuartos oscuros tuvo sus antecedentes en lugares como los hoy extintos baños de Ecuador, ubicados a un costado de Garibaldi, con regaderas, salas de vapor y de masajes individuales o colectivos, allá por la década de los ochenta.

Al respecto, Sergio, antiguo visitante a los baños de vapor, recuerda cómo en una ocasión se acostó en las planchas centrales de la sala común. Se tendió de espaldas, abrió las piernas, cerró los ojos y dejó “hacerse” por quien quisiera tomarlo, en pleno silencio y anonimato de la atmósfera neblinosa.

Las horas pasaron, como huéspedes lo hicieron, sin conocer de ellos ni rostro ni nombre, sólo los cuerpos sentidos en un desfile en el que había muchos espectadores y cada quien esperaba su turno.

En estas prácticas, descritas por Alain Finkielkraut y Pascal Bruckner en su libro El nuevo desorden amoroso, se prescinde de la seducción para abocarse a la satisfacción inmediata del deseo. “Ya no es necesario seducir para conseguir. La concupiscencia jamás corre el riesgo de ser reprimida ni rechazada y el momento del deseo se confunde con el de la satisfacción, ignorando con soberbia la figura del opositor.”

Si bien los cuartos oscuros de México tuvieron sus antecedentes en los baños de vapor, también es posible rastrear su génesis, como menciona De Luna, en discotecas como El Taller, cuyas pistas contaban con mamparas, con las cuales se creaba un espacio a oscuras por los que pasaban algunos bailarines.

El escándalo que provocaron en su tiempo este tipo de lugares, añade el autor de El secreto de las cosas, propició que cerraran y en su lugar se acondicionaran casas comunes, localizadas en zonas concurridas, donde empezó a darse cita la comunidad gay.

Una aproximación a dichas prácticas, menciona De Luna, la dio Carlos Téllez en la obra de teatro Una canción apasionada, constancia de actitudes suicidas y autodestructivas, de la promiscuidad homosexual y, sobre todo, de los nuevos roles en las relaciones interpersonales o de pareja.

El vaquero

De los pocos lugares que se declararon desde el inicio abiertamente gay, se encuentra El Vaquero, cantina inaugurada por Luis González de Alba y Ernesto Bañuelos en 1985.

Al principio, este espacio sólo tenía salas de video pornográfico y erótico que los mismos visitantes convirtieron en cuartos oscuros, razón por la cual sus dueños tomaron la determinación de cancelarlas.

En aquella época, el Sida comenzó a cobrar la vida de varios homosexuales, razón suficiente para que El Vaquero abriera sus puertas no sólo a la diversión, sino también a la reflexión y al análisis, a especialistas y médicos que trataban de sensibilizar a las personas sobre las diversas formas de contraer y prevenir la enfermedad. Además, se dedicó a distribuir folletos informativos y condones de manera gratuita, e incluso obtuvo del Departamento del Distrito Federal una casa para la Fundación Mexicana para la Lucha contra el Sida.

En la actualidad, El Vaquero es un sitio donde la gente puede pasar el rato, escuchar música, tomar sus copas, ligar y admirar cuerpos bien formados y forrados de piel.

La mayoría de las relaciones furtivas y anónimas que se dan en los cuartos oscuros duran un promedio de 15 minutos, tiempo, incluso, que un individuo puede repartir entre varias personas. No necesitan desnudarse, porque los más sólo aceptan el sexo oral, y esto en mucho motivado por el temor de adquirir el VIH o alguna otra enfermedad de transmisión sexual, cuenta Juan Carlos, quien añade que ninguno busca relacionarse más allá del acto sexual, por eso, el silencio es una regla de oro que todos o la mayoría respeta.

Tanto Fermín como Juan Carlos critican que muchos de los que acuden a estos lugares van con la idea de dejar la culpa de su preferencia sexual, la frustración, los complejos y la soledad que nunca termina de irse.

“Las relaciones que se dan en los cuartos oscuros revelan el tipo de relaciones que se están dando en todos los niveles en la actualidad. La gente busca el hedonismo, ya no quiere comprometerse, no cree en la monogamia ni desea involucrarse en relaciones duraderas. Esta situación la podemos advertir entre los jóvenes, matrimonios y noviazgos heterosexuales. Y ello revela el grado de individualismo de las llamadas sociedades globalizadas”, menciona Jesús Torres Torres, fotógrafo que ha documentado lo que sucede en estos espacios.

Para el escritor Carlos Monsiváis, los cuartos oscuros son un claro ejemplo de la llamada “cultura del riesgo”, siempre a caballo entre la latente amenaza de pescar alguna infección y la excitación que provoca involucrarse con una persona sin rostro ni apellido.

El reino de los feos

Jesús Torres Torres, fotógrafo profesional, visitó alrededor de cuatro o cinco cuartos oscuros que existen en la ciudad, motivado, explica, por la curiosidad y el interés de comprender el tipo de relaciones humanas generadas en esos espacios de sexo. “Observé muchas cosas y no me atrevería a decir que son de tal o cual manera. No hay una sola explicación para esto. Son tan complejos como la misma esencia humana”.

Con la autorización y complicidad de algunos visitantes, el fotógrafo tomó imágenes de la actividad desarrollada en esos sitios y parte del material lo reunió en cuartos oscuros, exposición que presenta actualmente en La masmédula galería.

Recorrer los pasillos y espacios de esas casonas le revelaron que el tipo de personas que normalmente acuden a esos sitios, son “por lo regular personas poco agraciadas físicamente, están pasadas de peso o tienen aún defecto visible. Por supuesto que asisten también cuerpos de gimnasio, pero son los menos y la mayoría de ocasiones rechazan a quien se les acerca”.

Perderse en un cuarto oscuro donde hay de 15 a 30 personas les permite entablar con mayor facilidad relaciones que sencillamente son imposibles en su trato diario con la sociedad.

“La oscuridad tiene una dualidad interesante: por un lado otorga la oportunidad de realizar actos o actividades censuradas por la sociedad. Y por otro, anida el peligro: asociado a lo excitante, al temor que puede provocar un asalto o ser contagiado por una enfermedad venérea”.

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