18 DE OCTUBRE DE 2005
¿Cómo se rueda una película porno? ¡Descúbrelo!
Carlos, el protagonista de California, le miente a su amante, Peter, diciéndole que va a trabajar de albañil con su amigo Chuchi y así pagar una fianza de su amigo que está encarcelado en España

Redacción Anodis

Ragap



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Las peripecias en California

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Estaba nervioso. No sabía lo que Tom Montgomery me iba a pedir aquel primer día del rodaje. No sabía si tendría que hacer lo que hizo el hispano que tenía un Empire State descomunal, o lo que el propio Tom hizo, o lo que se dejaba hacer el fulano vestido de policía de carretera, o a o mejor un poco de todo, para ver que registro se me daba mejor, como me dijo Chucho, muerto de risa. Estaba tan nervioso que de pronto me entraron dudas de si me había puesto el desodorante. La verdad es que iba limpio como una patena pero me había vestido como Lord Pamplin, el mote que le habíamos puesto en Madrid a un compañero de Luisito Soler que, a pesar de ser un elemento antisocial de alta peligrosidad, como había escrito la policía en su ficha de delincuente político, iba siempre hecho un señorito de Jerez, con su Fred Perry y sus pantalones de color gabardina y sus mocasines sin calcetines e incluso su pelo peinado para atrás y engominado. A mí sólo me faltaba el fijador en el pelo.

--Con esas pintas no se la pondrías brava ni a Ted Kennedy—me dijo Chuchi--. Mennos mal que en Montgomery Productions no son nada chiperos para el vestuario, sobre todo si vana tenerte en cuero pelados todo el tiempo. Suave, brother, que no van a necesitar el presupuesto de Disneyland.

Pero Tom se quedó entusiasmado con mi pinta y decidió cambiar el guión sobre la marcha. En cuanto me vio, dijo montones de veces okey y llamó al tiarrón con cara de apache que manejaba la cámara y, a la vez, se encargaba del atrezo para que lo cambiara todo. El tiarrón se llamaba Ronnie y me miró como si quisiera reventarme con su Empire State por hacer que Tom lo pusiera todo para arriba.

Con Chuchi, que hizo de traductor porque yo seguía sin entenderle dos palabras seguidas a aquel Cecil B. De-Mille del porno, ahora se trataba de que yo fuese un universitario de familia chic, sorprendido en su habitación por unos ladrones que, primero, lo ataban a su silla de estudio, luego robaban un poco, y después se dedicaban a rapear salvajemente a su víctima por todos los holes empezando, menos mal, por la boca. Tras esa primera sinopsis, Tom le ordenó a Ronnie que sabara de donde fuera un montón de libros que yo pudiera estudiar para no hacer el ridículo ante los espectadores, como si a los espectadores, ese detalle de verosimilitud intelectual pudiera importarles lo más mínimo, y luego me dijo que me iba a presentar a mis partners.

En el cobertizo había ya dos chicos sentados en sillas de director de cine, de cara a la pared, despatarrados y con la bragueta bien abierta y el rascacielos al aire, y haciendo manualidades de precalentamiento. Se llamaban Ken y Buck y, cuando Tom los llamó para presentrármelos, se guardaron el rascacielos cuidadosamente, se limpiaron las manos con un poco de colonia y unos kleenex que estaban allí para ese menester y se levantaron, muy cordiales, a saludarme. Yo me fijé, claro, en los volúmenes que iba a tener que soportar en mis holes, que les abultaban gloriosamente en los pantalones a los muchachos, y me puse contentísimo porque, encima, Tom iba a pagarme quinientos dólares. Era el método para tranquilizarme, según la instrucción de Chuchi: tú piensa, me dijo, que te van a pagar quinientos pavos, chico, el veinte por ciento para mí, ya sabes, y no te acalambres hasta que llegue el momento, porque no sirve de nada.

Ken era bajito, rubiales y compacto y tenía una cara graciosa, de golfo callejero de película del free cinema, y unos brazos musculosos y tatuados con filigranas geométricas, que me hicieron pensar instintivamente en Alcatraz. Buck era medio oriental, hijo a lo mejor de militar americano sin graduación y de belleza esquinera filipina, y había algo blando en su envergadura de descargador de muelle. Tom les explicó los cambios en el guión y ambos dieron la impresión de no recordar en absoluto cómo era el guión original, pero Buck preguntó entonces, según me tradujo Chuchi, que si la película iba a seguir titulándose Glory Holes, porque él ya lo había puesto en su currículo y, si cambiaba, también él tendría que cambiarlo. Tom le explicó, según Chuchi que el título sería el mismo, sólo que los agujeros gloriosos ya no serían lo consabidos, los que había en las paredes de los cagaderos en los servicios públicos para que los viciosos de estación metieran los rascacielos por allí, que ahora los agujeros gloriosos serían los míos. Chuchi se desfondaba de risa. También les explicó Tom que ellos dos, después de atarme a la silla y de robar un poco de la casa, serían los que me rapearían a mí oralmente, pero que él, para darle un poco de variedad a la acción, me haría un oral hasta provocarme el jerk off.

--Tu pinga la estrena él—me tradujo Chuchi—y nadie más. Menuda Gloria Swanson está ella hecha.

Ronnie, el enorme camarógrafo y attrezzista, se presentó con unos cuantos ejemplares atrasados de Blush y dijo que lo sentía, que no había encontrado nada mejor para que estudiara. Él y Tom discutieron un rato hasta que Chuchi intervino y dijo, según me explicó después, que tendría morbo añadido en que un universitario de familia chic estuviera en su gabinete aprendiéndose de memoria revistas de beefcakes bien sabrosos, y que la aparición de los ladrones repeadores podrías ser una cosas onírica, un producto de la imaginación recalentada del chico, o que también podría ser muy artístico el que lo del onirismo nunca quedase claro del todo, como en las películas europeas. A los dos, y sobre todo a Ronnie, les gustó bastante la idea y Chuchi les dijo que ya podían ir poniéndolo a él en los créditos como asesor de libreto y que a ver qué per cent le daban por la contribución.

A todo esto, ya era más de la una, y entonces Tom dijo que primero lonchearíamos y que rodaríaos de dos a siete, por si alguien pensaba chivarse al sindicato. Nos fuimos todos al living medio cochambroso de la casa y Ronnie sacó de alguna parte unos sándwiches de tuna, como llamaba Chuchi al atún, y de salami y latas de soda, y luego nos entregó a los actores un cepillo de dientes a cada uno, con un buen pelotón de pasta dental ya servido. Cuando terminé de lonchar, Ronnie, con cara de Toro Parado, como decía Chuchi, me dijo algo.

--Quiere que vayas con él—me tradujo Chuchi--. Él se va a encargar, dice, de dejarte la dentadura bien vacunada.

Tom se puso un poco histérico, pero Ronnie le dijo—eso lo entendí todo—que tranquilo, que no me iba a desvirgar.

Me levanté y fui para donde Ronnie me indicó. Al lado del despacho de Tom estaba el cuarto de baño y Ronnie me dijo que entrara y que me enjuagara la boca. Dejó la puerta entornada y me pidió el cepillo de dientes y que abriera bien los labios. Como un dentista psicópata empezó a cepillarme los dientes con mucha saña y sin interrupción, de manera que la espuma del dentífrico empezó enseguida a rebosarme la boca, hasta que Ronnie me limpió los labios con el dedo gordo, y luego se limpió el dedo en la camiseta toda sudada, y después, sin ningún precalentamiento, me metió el dedo entre los dientes, y aquel dedo pedía a gritos que los chupara, y me puse a chuparlo con mucho gusto, porque el dedo de Ronnie sabía de dedo de tiarrón bien poderoso de alguna tribu india medio salvaje y era de un tamaña que ya lo quisiera más de uno, empezando por Meter, en el lugar del rascacielos.

--Little bitch—me dijo Ronnie al cabo de un rato de chupeteo--, now you are okay.

Luego me palpó la bragueta y comprobó que sí, que la pequeña zorra estaba a punto, y que ya podíamos empezar a rodar.

Chuchi me había advertido que el rodaje de una película, incluidas las de Montgomery Productions, era un tormento. Y, sin embargo, Nick David, el hermano de Tomo, y Clara y Angelo, los bailarines acrobáticos, y Marlene Arana, la trigueña que había tenido uan escena muy caliente con Víctor Mature en un falso bar de mala muerte, y el propio Meter habían rememorado aquella noche, en casa de Nick, durante la sesión de espiritismo cinematográfico alrededor de Luna de Sinaloa, los viejos días de rodaje como fiestas encantadoras en las que todos eran estrellas, el tiempo fluía con transparente suavidad y lleno de percances emocionantes y travesuras memorables, aunque la mayor parte de sus respectivas intervenciones, al final, las habían cortado los jefazos de los estudios para que no hicieran sombra a los, por lo general, desangelados protagonistas de las películas. La gran diferencia estaría en que, en Glory Holes, yo iba a ser el newcomer al que ni siquiera Tom Montgomer le haría sombra.

Ronnie nos dijo a todos, con su voz brusca y morbosa, que teníamos que ayudarle a cambiar el set.

Hasta Chuchi, aunque a regañadientes y remoloneando mucho, echó una mano, pero empleamos una hora larga en montar, con los muebles del despacho de Tom y los cojines medio cochambrosos del living, y con un montón de cortinas historiadas y de sarapes mexicanos, el supuesto cuarto de estudio de un niño bien, aunque a lo que más terminó pareciéndose aquello, según Chuchi, era a un burdel de Tijuana. Ronnie, de vez en cuando, me pasaba su brazazo de estibador por encima de los hombros y con sus dedazos de mineros me pellizcaban la tetilla y con aquella voz que parecía el mugido de un bisonte en celo me susurraba al oído cosas que yo no entendía, pero que me sonaban todas muy puercas.

--Dice que no quiere que te enfríes—me tradujo Chuchi después de uno de los ataques de Ronnie.

Yo no hacía más que acercarme a Ronnie para que me achuchase y me pellizcase las tetillas, y, cuando ya Tom parecía a punto de reventar de celos, Ronnie le dijo, muy gallito, según me tradujo Chuchi, que si prefería que yo llegase al rodaje propiamente dicho convertido en una acelga destemplada y chuchurría. Por si eso no fuera bastante, Chuchi redijo a Tom que lo que yo estaba haciendo, buscando como una perra el magreo de Ronnie, era una prueba de mi interés y de mi profesionalidad.

--okey--dijo Tom, muy rebotado, y añadió, según me tradujo Chuchi, que empezaríamos por la secuencia del ataque de los ladrones, cuando me amarraban a la silla, para pasar directamente a mi rapeo oral por parte de Ken y Buck. También tendría que darnos tiempo de rodar su monólogo con pinga y mi jerk off.

Ken y Buick se dieron poquísima maña para amarrarme a la silla y maniatarme, mientras Tom observaba la escena intentando parecer el boss de aquella banda de patosos. Me dejaron como un ovillo de lana desbaratado por un caniche, pero Tom dio por buena la primera toma, y eso que Ronnie no paraba de advertirle que Buck se dalía de cuadro contantemente. Hicimos una pausa y Ronnie se ofreció a amarrarme y maniatarme en condiciones, y mientras lo hacía aprovechaba para manosearme los pezones y la bragueta y, cuando estaba de espaldas a Tom, sacaba la lengua y se la mordisqueaba y se mojaba morbosamente los labios, sin dejar de mirarme a los ojos con cara de sátiro.

El rodaje del rapeo oral por parte de Ken y Buck casi acaba con la paciencia de Tom, y estaba claro que por eso dejó que Ronnie lo solucionara por su cuenta. Los chico, mientras me restregaban los paquetes por la cara, ponían unas expresiones ridículas de viciosos, pero después, a la hora de la verdad, a la hora de sacarse los rascacielos y enseñarlos a la cámara, los pobres rascacielos estaban completamente desmayados. Y no hubo manera de que se empecinasen, como decía Chuchi. Así que Tom empezó a tirarse de los pelos y Ronnie, de pronto, se bajó los pantalones—no llevaba calzones--, enseñó a la cámara, para un primer plano contundente, un Empire State que daba gloria verlo por su tamaño y por su empecinamiento, le ordenó a Tom que acercara bien el objetivo a mi cara para utilizar luego el plano como un insert, y después, como un jabato, me ocupó con el rascacielos el agujero glorioso hasta el esófago, o al menos ésa fue la sensación que yo tuve, y embistió durante una eternidad, aguantándose bien el gusto, mientras gritaba como si fuera un cirujano psicópata que estaba abriéndome en canal. Llegado el momento, se salió para ponerme perdido de crema pastelera, como decía el pobre de Luisito Soler cuando hablaba de esas cochinadas, y él mismo se encargo de decir:

--¡Corten!

Para mi sorpresa, lo dijo en castellano, sin duda en mi honor.

Después se limpió sin muchos miramientos con un kleenex que le pasó Buck y volvió a hacerse cargo de la cámara y le dijo a Tom que se apurase, que me tenía a punto de caramelo, y Tom se lo tomó como si tuviera que interpretar el monólogo de Marlon Brando en Julio César, con un montón de gesticulación lujuriosa y de merodeos y pamplineos por el rascacielos, como si aquélla fuera su oportunidad para ganarse el Oscar, de modo que tuve que ponerme a pensar en Ronnie para no dar el gatillazo por culpa de la risa, y Ronnie lo adivinó, porque, sin dejar de vigilar el visor de la cámara, empezó a hacer a su vez gestos y fruncimientos de labios y ejercicios de lengua que ésos sí que me mantenían a punto de caramelo, y entre unas cosas y otras aguanté bastante bien el empecinamiento y tardé lo necesario para venirme y conseguí un jerk off que, cuando Ronnie cortó por su cuenta, provocó el aplauso de todos, incluido el de Chuchi, que hacía aspavientos muy cómicos para darme a entender que él también estaba descosiéndose de caliente y a punto de venirse, y también el de Ronnie, que me miraba a sabiendas de que él había sido el verdadero héroe de la jornada, y que no iba a pedir un centavo de paga extra.

Por eso, cuando Meter me preguntó, por la noche, qué tal nos había ido en el trabajo, yo le dije:

--Menos mal que un voluntario nos echó una mano, y de forma totalmente desinteresada, porque, si no, aún estaríamos dándole vueltas a la faena.

*

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Fragmento reproducido con autorización de Tusquets editores México.

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