4 DE ABRIL DE 2005
Miradas intensas entre un policia y un joven chiapaneco Sera el calor, sera la tensión de la testosterona o será el cúmulo de miradas cruzadas o todo lo anterior: como gritos escandalosos, como gritos de placer nocturno, como gritos de un ritual de apareamiento...
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El sol se ha ocultado detrás de los cerros que amurallan a Tuxtla, el calor abandona los adoquines del centro y la piel de los hombres; la gente sale a los cobertizos de sus casas a tomar el fresco o se acumula en las bancas de los parques para platicar un rato y escuchar marimba. Los niños corren unos tras de otros por el atrio de la Catedral de San Marcos mientras los turistas compran artesanías a los indígenas. Todo pasa muy lento como sin prisa. A dos calles, en el barrio de Santo Domingo, el alboroto no lo es tanto, todo lo contrario. A dos calles hay un parque de sombras sobre obscuridades en donde los hombres se reúnen. A dos calles de ahí, repito por última vez, los hombres que buscan a otros hombres se reconocen.
El parque no es muy grande, a lo mucho tendrá doce o quince bancas y lo doble de árboles. La penumbra de las lumbreras públicas es naranja que contrasta con el verde espeso y la pintura chillante de las jardineras. Una pequeña estatua de Benito Juárez, en medio, cual vigía acalorado. El viento mueve las tres palmeras del parque. Es de noche, debo reiterar el dato; y los gatos negros no son de mala suerte aquí.
En la parte trasera del parque una sombra cambia de lugar a donde la luz ilumine mejor su rostro, el joven desparpajado sobre la banca observa a los otros que también observan a otro hombre. Los hay por parejas, los hay solitarios o hasta en grupos de cuatro, no mas. La mayoría son jóvenes aunque también se deja ver, por ahí, perdido, algún cincuentón; algunos llegan solos y saludan, solo porque pasan por aquí, y siguen su camino.
Cuando es de noche no hay mujeres en este lugar, solo hombres y gatos negros y algún perro extraviado y vendedores ambulantes de dulces y cigarrillos; un extranjero en bermudas que persigue miradas y un persistente grupo de jóvenes que dan la vuelta a la manzana y terminan en la misma banca del parque. Los que no se conocen solo se identifican y sonríen, pero no se atreven a llegar a más. Uno de ellos da rondines eróticos buscando que alguno de los jóvenes le confirme su deseo, quizás sea un prostituto.
Es sábado, es bueno mencionarlo, y la mayoría traen puestas sus mejores vestimentas, sus camisas -para ocasiones especiales- recién planchadas y la cartera en la bolsa trasera del pantalón para intensificar volúmenes; algún intrépido, a pesar del calor intenso de la noche, se ha puesto una escurrida blusa de terciopelo negro con terminaciones en gasa que deja ver sus delgados brazos, su silueta cedida, su cuerpo moreno de descendencia maya. Algo como un hombre policía vigila los alrededores del parque, vigila que los jóvenes, -los maricones, los putos pues-, que frecuentan el lugar no infrinjan la ley ni las buenas costumbres: detrás de algún arbusto, en la parte sombría del parque o en plena banca a la vista de todos.
Llegan más hombres, otros se van, toman un taxi o caminan perdiéndose entre las calles del centro. El extranjero persiste en su búsqueda de respuesta visual hasta que uno de los jóvenes le responde con miradas y agarran camino, a un destino desconocido o al hotel donde se hospeda el extranjero. Otros simplemente fuman. Un par de muchachos platican tan acaloradamente que resuenan sus gritos por entre los árboles. Uno de ellos persigue al otro entre los pasillos del parque y juegan como cachorros divertidos.
Será el calor, será la tensión de la testosterona o será el cúmulo de miradas cruzadas o todo lo anterior: el hombre policía sigue vigilando, las sombras de la parte trasera se yuxtaponen y confunden con las raíces groseras de los árboles, los jóvenes cachorros continúan corriendo y gritando escandalosamente; el viento mueve las tres palmeras, los peatones no entran al parque solo caminan por sus orillas y pasan de largo, el extranjero abre la puerta de su habitación y da el paso al joven chiapaneco; la noche, debo decirlo, sigue su propio curso hedonista; el humo de cigarro juega en los labios de un joven a quien le gustan los hombres; las miradas se tensan, el policía voyerista muerde sus labios ansioso, los gritos divertidos del par de jóvenes inundan el parque: como gritos escandalosos, como gritos de placer nocturno, como gritos de un ritual de apareamiento, como gritos que asemejan los sonidos guturales de una guacamaya en celo. |
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