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24 DE OCTUBRE DE 2004
Barebacking, o hacerlo sin preservativo
En pocas palabras barebacking es un término que los gays estadounidenses usan para referirse a la penetración anal sin preservativo. Para nosotros sería, lisa y llanamente, tener sexo sin condón

Sentido G

(Nexo.org) Barebacking es un término nuevo. Es un término que viene del mundo hípico. Para nosotros el equivalente de barebacking sería algo así como montar en pelo. Y en el poco imaginativo campo del VIH sida en la Argentina hablar abiertamente de coger sin forro es, lisa y llanamente, un pecado mortal.

Porque hay cosas que se hacen y hay cosas que todos sabemos que se hacen, pero decirlas y aún más nombrarlas es otra cosa.

Cualquiera que esté familiarizado con cualquier chat gay podrá comprobar que la gente que plantea tener sexo sin preservativo no es poca y que algunos más osados lo ponen directamente en su perfil.

Cualquiera que use con frecuencia las innumerables líneas telefónicas de contactos escuchará a algunos, unos cuantos, que plantean en su presentación el deseo de no usar preservativos o de que les acaben adentro o que le llenen la boca de leche.

Cualquiera que navegue habitualmente por internet puede encontrar fácilmente páginas alabando los placeres de no usar preservativos y, en casi todas, los autores de las páginas en cuestión tratan de explicitar los porqués de una práctica reconocida por ellos mismos como muy riesgosa. La causa más frecuentemente aducida es la búsqueda del placer por el placer mismo.

En general cuando se habla de sexo sin protección se tiende a pensar que son personas jóvenes o personas que por alguna razón –alcohol, drogas- no estaban en pleno uso de sus facultades mentales porque habría que estar demente (sin mente) para no cuidarse.

Sin embargo en un estudio realizado en el año 2002 y publicado en la revista AIDS* muestra que sobre un grupo de 554 participantes (35% VIH positivos, 61% VIH negativos y 4% no sabían), todos de San Francisco, que dos tercios estaba familiarizado con el barebacking y que de ellos el 14% había tenido sexo sin protección en los últimos dos años y que del tercio que nunca había oído hablar del término el 22% de las personas VIH positivas y el 10% de las personas VIH negativas habían tenido sexo sin preservativo. No hubo diferencias por edad, raza o nivel educativo. Un dato interesante es una fuerte tendencia de las personas con VIH a tener sexo sin protección con otras personas viviendo con VIH e igual tendencia entre las personas seronegativas. El 80% de los que practicaban sexo penetrativo sin protección adujeron que la razón era un mayor estímulo sexual. Según los autores este es el primer trabajo sistemático realizado para evaluar la práctica de tener sexo sin usar preservativo en comunidad gay.

Cualquiera que recorra las páginas de barebacking en la web, o mire los chats o use las líneas comprobará fácilmente que entre las personas que buscan tener sexo sin preservativo hay gays, osos, cazadores, leathers, personas que practican SM, gente muy joven y gente mayor, pasivos y activos. Como en todo la realidad nunca es una ni todo es reducible a una sola receta.

• Coger sin forro no es una entelequia ni algo relegado al pasado.

• Coger sin forro no es cuestión de descerebrados ni de gente sin experiencia.

• Coger sin forro tampoco es algo privativo de gente alcoholizada o bajo el efecto de drogas.

• Coger sin forro no es lo mismo que coger con forro digan lo que digan las campañas oficiales.

• Coger sin forro es más riesgoso, mucho más, que coger con forro, pero la medida del riesgo que toma cada sujeto es impredecible y no depende, a veces, ni de la propia persona.

Coger sin forro es una realidad de la que uno puede hacerse cargo o, por el contrario, seguir pensando en el bien que hacemos cartoneando todavía en las fórmulas que repiten hasta el hartazgo que el forro es la única prevención sin tratar de ver las complejas razones que hay tanto para usarlo como para no hacerlo. Porque de la misma forma en que nos llama la atención la gente que no lo usa deberíamos pensar en las motivaciones de la gente que sí lo hace. A veces una punta de la cuestión puede servir para pensar la otra.

Algunos activistas gays que trabajan en prevención aducen que mucha gente –las travestis por ejemplo- no tendrían el dinero suficiente para comprar forros, sin embargo el estado compra y supuestamente distribuye cientos de miles de forros y aún así...

Además sería interesante preguntarse cuales son los criterios de distribución de esos millones de forros que llevan comprados los programas nacionales y provinciales cuando gran parte de ese reparto depende de las propias ONGs.

Más allá de estas disquisiciones es evidente que no alcanza con la vieja fórmula de "formemos multiplicadores/as y repartamos forros".

Aún con el forro en la mano mucha gente "elige" no usarlo y empezar a investigar un poco las razones para esa conducta nos permitiría elaborar estrategias más realistas tanto para la prevención primaria como para la secundaria. Porque la práctica del barebacking es inherente tanto a las personas con o sin VIH.

La población gltb no es una población como cualquier otra: discriminada y señalada socialmente es y ha sido puesta como ejemplo de lo que debe o no debe ser, carga con una alta exigencia de responsabilidad social en relación al VIH mientras carece de derechos fundamentales –legalización de los vínculos en forma plena por ejemplo-, debe caminar en la cuerda floja de sus deseos que van en contra de lo admitido socialmente, por mencionar solo algunas características.

Fuimos señalados como el inicio de la epidemia y ahora, veinte años después, se pone el acento en otras poblaciones restando recursos a quienes todavía llevamos gran parte del peso de la epidemia.

Creer todavía que una persona que toma riesgos al coger sin forro lo hace porque tiene alguna disfunción en la personalidad o es promiscua no es más que una simplificación tan homofóbica como cualquier otra ya que refleja como las personas a cargo de la prevención deciden "ver" a la comunidad gltb. Y ya sabemos que los estereotipos no hacen más que ocultar los hechos, son más convenientes que los hechos.

Existe por otro lado un discurso seudo científico proveniente de psicoterapeutas que ponen más en juego sus propias creencias acerca de la homosexualidad y sobre lo que creen que es una práctica riesgosa que un interés genuino en tratar de dilucidar esta cuestión junto con sus pacientes.

Así el no uso de preservativo es patologizado (o problematizado como les gusta decir a muchos/as psicoanalistas) y tomado como la principal cuestión a tratar, en vez de ver a la persona homosexual tal como es y las razones de ir en contra del discurso preventivo.

De este modo las prácticas "riesgosas" son vistas como una forma de suicidio, el cambio frecuente de parejas como falta de madurez afectiva, el sexo frecuente como una conducta compulsiva y así ad nauseam... reduciendo la cuestión a un diagnóstico siempre más cómodo de manejar que los propios prejuicios.

Es evidente que todo el mundo se siente tranquilo ante una persona que se cuida, tiene una pareja estable basada en el afecto y todo el resto del cuento de Blancanieves... claro, si nos olvidamos de la madrastra que no se cansaba de darle palos a la pobre.

Desgraciadamente las personas glttb no tenemos un príncipe (o princesa según el caso) que nos rescate y por lo tanto uno/a hace lo que puede y no necesariamente lo que quiere. Porque además conviene recordar que mientras la práctica del barebacking (visto como sexo penetrativo sin preservativo) es señalada sobre la población gltb hay otra que esta socializada y es el barebacking que la comunidad hétero práctica impunemente con el beneplácito social: el matrimonio, que está fuera de toda campaña de prevención o estadística. Siempre parece que la gente que figura en los datos ministeriales son solos y solas.

¿O alguien vió una campaña preventiva que le diga a Doña Rosa, de cuarenta o cincuenta y pico, que su marido no es precisamente fiel y que ella corre riesgos al coger sin forro?

Lo cual nos lleva a pensar también en tanto gay que cree que porque está en pareja puede dejar de usar el preservativo cayendo en la trampa hétero de que el amor protege y que una pareja es, por definición, monógama.

No hay nada mejor que vivir en democracia, claro, pero tiene un gran problema: globalizar el discurso de que todos y todas somos iguales lo cual, a ojos vistas, no es cierto.

Hombres y mujeres no son iguales ni gozan de los mismos derechos ni prerrogativas.

Heterosexuales y homosexuales no son lo mismo y querer aplicar los parámetros de unos/as a los/las otros/as es una falacia: las prácticas no son las mismas desde el momento que las de un grupo están avaladas socialmente y sostenidas legalmente, mientras que el otro grupo es señalado como diferente, anómalo, carece de derechos básicos, de reconocimientos sociales y es invisibilizado toda vez que se puede.

Una persona con VIH no es lo mismo que una persona sin VIH.

Y gays, lesbianas, travestis, transexuales y bisexuales tampoco son lo mismo y si bien hay un encuentro en demandas comunes las necesidades, las prácticas y los contextos no son los mismos para unos que para otras.

Los parámetros, muchas veces morales, que rigen las variables a evaluar en un grupo no sirven necesariamente para otro. La sexualidad es demasiado compleja para creer que un sistema de códigos –generalemte los hétero- son universales o naturales y por lo tanto sirven para todos y todas como el gran modelo a aplicar.

En un congreso de Sida una persona – supuesta investigadora sobre prácticas sociales y sida- se escandalizaba porque en el póster presentado por Nexo figuraba "sexo oral con o sin tragado de semen". Las prácticas son lo que son y tratar de disimularlas no hace más que enmascarar la realidad.

Pareja estable, monogamia, abstinencia son conceptos interesantes pero no universales y no sirven a la hora de planificar estrategias.

El forro tampoco, simplemente porque hay gente que decide no usarlo y no por ser pobre o rica, casta o promiscua, gay o travesti, sino porque asume su decisión y su riesgo. Y el riesgo forma parte de la libertad individual.

Nadie duda que el forro fue y es la mejor forma de prevención pero tratar de meter a todos y todas en una bolsa de látex es escotomizar el gran problema de la individualidad y sus circunstancias. El discurso preventivo basado en el preservativo se transformó en un discurso moral que dice quién hace bien y quién no, que indica cual sexo es el bueno y cual no, que señala más que prevenir o, en todo caso, nos señala al que no cumple para que a su vez sea señalado/a como irresponsable o enfermo.

Es hora de que gays, lesbianas, travestis y bisexuales exijamos y reivindiquemos otras formas de prevención además del preservativo porque el sexo fue, es y seguirá siendo una variable importante para la comunidad glttb y negarlo es desconocer de qué hablamos y quienes somos.

El derecho a la identidad, a gozar de la propia sexualidad, a tener una pareja, varias o ninguna, el derecho a que dichas parejas sean reconocidas en forma plena y con todas las garantías, la libre elección del género también son formas de la prevención ya que hacen que una persona sea quien es, que lo que sea lo viva con orgullo y, solo a partir de ahí, podrá ser plenamente responsable de sus actos y establecer las pautas necesarias para tomar decisiones como una persona adulta en pleno uso de sus goces y facultades. También elegirá cómo cuidarse y hasta donde. Con o sin forro.

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