2 DE SEPTIEMBRE DE 2004
Danza como vehículo de interlocución y propuesta identitaria Conocido por sus contribuciones estéticas a la emancipación del erotismo gay, el coreógrafo y bailarín potosino José Rivera Moya está dando pasos enormes en el ejercicio de un activismo renovado.
Luis Manuel Arellano
|
|
En “Rosa Mexicano”, su más reciente coreografía, entrega diferentes estampas bordadas con el hilo de un amor que, desde la intimidad, expone brillantemente en sus diferentes dimensiones: color, dolor, alegría, armonía, paz y luto.
Sin poder asegurar que haya renunciado a la irreverencia con la cual hace años presentó trabajos abiertamente desafiantes, como “Ave María Purísima, de prostitución y lentejuelas”, ahora Rivera Moya parece apostar por un lenguaje de mayores equilibrios para abrirse paso como creador y celebrar vanguardistamente los ocho años de su compañía.
Pero ¿se puede hacer activismo gay a partir del amor? Me parece que la respuesta debe ser afirmativa y no me queda duda que José lo está haciendo y bastante bien. La versión que ha producido del Huapango de Pablo Moncayo demuestra que Mexico ya no puede seguirse presentando con los cuadros visuales de una única masculinidad. Y es que los contrastes que José Rivera Moya presenta en esta sinfonía frente al clásico que consagró a la maestra Gloria Contreras (con el Taller Coreográfico de la UNAM) constituyen, qué duda cabe, una forma limpia e inteligente de subvertir el rol social precisamente en uno de los íconos supuestamente inamovibles del carácter nacional, concebido en mucho a partir de estándares socialmente construidos acerca de lo que había significado ser “hombre”.
Y es que en “Rosa Mexicano”, Rivera Moya presenta estampas de las ya legendarias rumberas de Salón México y de las fiestas de barrio en San Luis Potosí, a través del travestismo y de la transgresión de género, demostrando en un discurso estructurado que alcanza expresiones poéticas -sobre todo en la segunda parte- cuánta fragilidad existe en la asignación de roles y en la configuración del vestuario tradicionalmente reservado a las mujeres (como potosino, no puedo dejarme de imaginar a José buscando rebozos de seda en Santa María del Río, pidiéndolos o exigiéndolos de color rosa mexicano).
Hombre joven (nació en 1969), su experiencia ya es amplia. Y así puede percibirse en las palabras del sacerdote jesuita Enrique Maza, para quien la madurez se alcanza cuando se ama desde una visión afirmativa.
En un libro que recomiendo leer, (“El Amor, el Sufrimiento y la Muerte”, Ed. Proceso, México 1989), Maza refiere que un hombre maduro “tiene el horizonte amplio, no se ahoga en su propia pequeñez, no vive dándose vueltas a sí mismo, sus ojos no están cegados por el miedo ... no pierde el piso con los cambios, no se marea con los horizontes nuevos, no le asusta exponerse a las opiniones de los demás ... su seguridad no viene de afuera ... se fundamenta adentro, en la certeza de amar y saberse amado”. Me he permitido tomar la anterior cita porque creo que, visualizada por un sacerdote jesuita excepcional, precisamente cuando José se instalaba en el Distrito Federal, puede permitirnos aquilatar el crecimiento del director de La Cebra que podría aspirar a muchas cosas menos a saberse dibujado en los trazos impersonales de un religioso católico, por más liberal que éste fuera.
Pero el concepto ahí está. Si Rivera Moya cabe en ese parámetro, entonces estoy cierto de que su madurez también es real. La sutileza de su activismo, el regreso inteligente a San Luis Potosí –ahora que está conducido bajo el gobierno conservador del Partido Acción Nacional, lleno de expresiones homofóbicas- y el compromiso personal para seguir abriendo ventanas de visibilidad homoerótica, no cambian, acaso se renuevan y, por ello, se fortalecen. |
Regresar a la página
anterior
| Comentar artículo
P u b l i c i d a d
2525
|
P u b l i c i d a d

|
|