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20 de julio de 2004
De cuartos oscuros, salud e intimidad
Los cuartos oscuros no son el “infierno” ni mucho menos “un problema de salud social” como describe Miguel Angel Correa Vergara en una colaboración difundida por la agencia ANODIS

Luis Manuel Arellano

Al leer ese texto, fechado el pasado 6 de julio, me quedé sorprendido porque contiene información distorsionada y aseveraciones que ponen en entredicho el Código de Etica de la agencia, pero también por la facilidad con la cual puede distorsionarse el concepto de los cuartos oscuros bajo la premisa de se está difundiendo “la realidad” de esos lugares de reunión gay, igualmente frecuentados por otros hombres con orientación homosexual.

Y es que, además de temeraria, esa colaboración está llena de imprecisiones y adjetivos que ni el propio Jorge Serrano Limón, el dirigente vitalicio de Pro Vida que ahora anda metido en un manejo oscuro de dineros públicos, hubiera atinado señalar.

Según el texto de Miguel Angel Correa, en los cuartos oscuros “todo es clandestino”, no hay “prejuicios”, ni “temor” ni “pudor”. Dentro de ellos, escribió, “se liberan los animales sexuales”, se recrea “la tortura”, no hay “tabúes”, “se pierde el pudor”, se “rasguña”, hay “furias desnudas”, “se usan drogas”, “nada importa”, se despierta el “animal depredador”, se llega a “cotraer el sida(sic)”, es “el infierno mismo”. ¡Caramba!, con esta descripción el cuarto oscuro del bar Rectus en la película Irreversible de Gaspar Noé (Francia, 2002) apenas y alcanzaría una categoría de club de gays para hijos de familias asociadas al Partido Repúblicano.

Que quede claro: no soy promotor de los cuartos oscuros pero tampoco los satanizo. Constituyen una de los muchas figuras que pueden elegirse para conocer otros hombres con gustos homoeróticos, por lo cual estoy convencido de que, en ese sentido, garantizan mayor seguridad física para quienes tienen dificultades de socializar o explorar su sexualidad y en cambio deciden aventurarse a transitar por calles desiertas, zonas rojas o en territorios controlados por lenones y policías corruptos.

Escribo estas observaciones porque me preocupa la seguridad con la cual Miguel Angel Correa ubica, en el tiempo y el espacio, el surgimiento de dichos lugares y también su convicción de que “si alguien con VIH entra y mantiene contacto sexual con otra persona, todo se puede convertir en una cadena de contagio en una misma noche”.

Sin duda Miguel Angel está mal informado y esa equivocación es grave. Cuando dice que “si alguien con VIH entra y mantiene contacto sexual con otra persona” puede contagiarla, está estigmatizando la sexualidad y la intimidad de quienes viven con VIH, a quienes da como gente que no usa condones ni practica sexo seguro, negándoles el derecho a volver a experimenar el placer identitario y, de paso, soslayando que la opción de no contraer el VIH o cualquier otra infección de transmisión sexual, incluso reinfectarse, es una responsabilidad compartida.

Esa colaboración me ha hecho recordar un debate que se creía superado y que se dio hace 20 años en San Francisco, California, en torno de los baños públicos y la transmisión del VIH/Sida (la noción de cuartos oscuros no estaba presente, no como ahora). Transcribo parte del discurso pronunciado el 9 de octubre de 1984 por Mervyn Silverman, entonces Director de Sanidad en esa ciudad, luego de haber ordenado cerrar los baños y vapores frecuentados por gays. Esos lugares, dijo, suministran “un medio ambiente que estimula y facilita múltiples contactos sexuales inseguros, los cuales son un factor importante que contribuye a la proliferación de esta enfermedad mortal. Cuando se demuestra que ciertas actividades son peligrosas para el público y siguen practicándose en locales comerciales, el Departamento de Salud tiene la obligación de intervenir y detener la operación de tales establecimientos” (citado por Ronald Bayer, en su ensayo Sida, Salud Pública y Libertades Civiles y compilado por Mark Platts en 1996).

Espero, tras de reeler el texto de Miguel Angel, no estar frente a un promotor de medidas gubernamentales conservadoras que nos protejan de nosotros mismos, porque en su momento Mervyn Silverman contó con el respaldo de algunos activistas gays.

Sé que existen cuartos oscuros no precisamente limpios, sin información preventiva sobre las infecciones de transmisión sexual, ni disponibilidad de condones. Pero también sé que hay cuartos oscuros que operan de otra manera: limpios, en condiciones de higiene, sin consumo de alcohol, que venden o regalan condones y complementan su servicio con carteles y folletos destinados a la prevención. Pero el debate, insisto, no este éste.

Expreso mi preocupación de que, derivado de un texto como el de Miguel Angel Correa, se considere a los cuartos oscuros “un problema de salud social”. Más bien, al contrario, constituyen espacios idóneos para promover conductas sexuales seguras y educar a poblaciones que de otra manera quedarían dispersas y jamás acudirían a un taller de salud sexual. Hay experiencias al respecto y lo que debe alentarse es la multiplicación de estas medidas, sobre todo por parte de organizaciones civiles integradas por activistas gays.

Por otro lado, me interesa subrayar la parte lúdica y placentera que muchos asistentes a los cuartos oscuros encuentan en estos lugares, pero sobre todo el hecho de que constituyen opciones de esparcimiento que cada hombre tiene el derecho de enfrentar, bajo la misma premisa de libertad por la cual optó ejercer su orientación homoerótica. Y es que el amor, desde esta perspectiva, también se llega a encontrar en un dark room.

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