Frase exacta
 


13 DE JULIO DE 2004
Falta de rigor crítico hacia la agenda LGBT
Suponiendo que la XXVI Marcha del Orgullo LGBT llevaba un sentido político, ¿por qué la “manifestación del silencio” del domingo 27 de junio en contra de la inseguridad pública se lo quitó en menos de un día?

Luis Manuel Arellano



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Tratándose de eventos diferentes, de propósitos distintos, me parece de la mayor importancia responder esta pregunta, sobre todo porque hace falta ejercer un análisis y una crítica sistemática en torno del llamado movimiento de liberación homosexual iniciado en los años 70, uno de cuyos frutos lo constituye precisamente la marcha anual del orgullo. El profesor e investigador Roberto González Villarreal ya lo señaló en su ensayo Despues de la Liberación (2001), cuando observa que, a la distancia, aquel discurso libertario y transgresor “no ha podido asimilar su fracaso político ni su éxito social”.

Y es que la falta de rigor crítico hacia la agenda LGBT, sobre todo por parte de quienes han tomado su coordinación en los últimos años, constituye un hilo del que debe desmadejarse esta respuesta si no se quiere repetir en el 2005 otra marcha desbordante, colorida y “bien organizada” pero carente de visión coyuntural y sentido programático.

En esto último, me permito añadir, radica el hecho de que la caminata contra la inseguridad pública haya superado en términos de imagen e interés a nuestra marcha del orgullo. Ya el politólogo Federico Reyes Heroles señaló que la movilización del domingo 27 de junio es la más importante expresión ciudadana en la historia política del México contemporáneo y la ha ubicado por su profundo contenido histórico junto con otras movilizaciones recientes: de 1985 a raíz de los terremotos, de 1988 por las elecciones presidenciales en las que Cuauhtémoc Cárdenas reclamó el triunfo y del 2001 con la caminata zapatista (Reforma, 28/Jun/04).

Atendiendo esa aseveración, otra pregunta que nos debemos hacer es por qué para los politólogos la marcha del orgullo y en general las crecientes manifestaciones de la diversidad sexual en diversas ciudades del país no forman parte del conjunto de eventos “importantes” del México contemporáneo.

El año pasado yo estaba convencido de lo contrario. Escribí que la creciente visibilidad LGBT había constituido la más importante manifestación ciudadana de todo México y contabilicé en unas 100 mil personas el número de ciudadanos y ciudadanas que habían salido a las calles entre los meses de mayo, junio y julio para respaldar mi dicho (Letra S, 3/VII/03). Un año después, creo que mi optimismo debe ser rectificado. Si bien el pasado 26 de junio la marcha de orgullo LGBT alcanzó la cifra de cien mil personas (Milenio diario, 27/07/04) reunidas a lo largo de la caminata y en el Zócalo, cifra que necesariamente se incrementa si se toman en cuenta otras marchas celebradas en diferentes ciudades como Guadalajara, Monterrey, Puebla, Chilpancingo, Hermosillo, Mérida, Jalapa y Tijuana, lo cierto es que esta enorme movilización sigue sin permear con la contudencia esperada en el ánimo de los hacedores de la opinión pública nacional.

Aunque sé que a los organizadores de la marcha del orgullo no les gusta leer críticas, debo señalar que no supieron interpretar el sentido que animó la organización de la marcha contra la inseguridad a partir de la creciente percepción pública sobre la violencia citadina y la inseguridad manifestada en secuestros, homicidios y robos.

No me cabe duda que si la XXVI Marcha del Orgullo hubiera incorporado nuestra preocupación por la violencia y los crímenes de odio por homofobia como demanda central los medios de comunicación habrían aumentado su cobertura y, aún más, se hubieran ligado ambas movilizaciones. Vale recordar que la coyuntura de la marcha del día siguiente, extraordinariamente convocada por los medios de comunicación, había establecido con mucha anticipación cuál era el tema a desarrollar.

Pero no, en lugar de hacer política, en lugar de mirar con sentido prospectivo, se siguió trabajando con demandas válidas en su contenido pero pertenecientes a otros momentos, como esa singular obsesión por reclamar la aprobación del proyecto de ley de sociedad de convivencia, para la que francamente no hay viabilidad en este momento.

Como era de esperarse e incluso como sucede con todas las manifestaciones masivas, la multitud nuevamente rebasó a los organizadores. Las imágenes de televisión y las fotografías publicadas volvieron a concentrarse en “lo festivo”, en los “colores”, en la cantidad de disfraces y atuendos vistosos, dejando atrás algún elemento que pudiera vincularse con la movilización de medio millón de personas que al día siguiente irrumpió el mismo recorrido del Angel de la Independencia al Zócalo.

Debo señalar que en todo este marasmo organizativo de la XXVI Marcha del Orgullo LGBT hubo un acierto que debe reconocerse: la participación de los padres de familia en la descubierta de la caminata. Tan importante fue mostrar ese apoyo que varios medios lo destacaron significativamente. Pero, insisto, ¿qué hubiera pasado si toda la gente LGBT hubiera marchado en silencio, con pancartas exigiendo la respuesta judicial a los crímenes de odio por homofobia e incluso con las fotografías de los gays, de las lesbianas y las vestidas asesinadas?

Me parece que la Marcha del Orgullo LGBT ha logrado avances significativos, entre otros, que no requiere del concurso de los medios de comunicación para convocar, cada año, a más gente. Sin embargo, ese logro se diluye cuando observamos que la mayoría de quienes se dan cita para “festejar” el Día del Orgullo lo hacen desprovistos de la perspectiva histórica y política que esta movilización tenía en los primeros años. Mientras el ruido de los trailers convertidos en discos rodantes sigan opacando las consignas políticas impulsadas por el comité organizador, siempre habrá incrédulos que se cuestionen qué tanto festejamos cuando los crímenes de odio por homofobia continúan llenando las notas de los medios amarillistas.

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