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7 de mayo de 2004
Cuando amar duele de verdad
Esposas, látigos, y cadenas; azotes, rasguños, mutilaciones: esa es la idea básica que la mayoría tiene sobre el sadismo y el masoquismo

Martha Angélica Santos Ugarte

Sin embargo, más allá de los estereotipos cuyo único deseo es señalar ambas tendencias como “patológicas”, existen cuestiones básicas como su definición actual, sus antecedentes literarios y si de verdad deben considerarse una anormalidad.

Sade y Masoch

Había una vez un marqués francés cuyo único deseo era experimentar el placer en los rumbos menos habituales. Hombre de letras y culto, se encontraba hastiado de “amar” de acuerdo a los cánones aceptados por la sociedad que, al mismo tiempo, era testigo de la transición al nuevo siglo XIX.

Y es “amar” pues, a decir verdad, lo que a este marqués le interesaba no era la adoración ni la idealización de una pareja, sino el disfrute de nuevas sensaciones provenientes del sufrimiento de ésta. Así, pinzas calientes para lacerar los pezones de sus víctimas, los azotes, y las orgías se volvieron cosa de todos los días para él.

Su nombre, por cierto, era Donatien Alphonse Francois, y su título marqués de Sade.

Por el contrario, aunque durante el mismo período histórico, otro hombre llevaba al límite su pasión por una mujer llamada Wanda, que gozaba de amarrarlo de pies y manos, y obligarlo a observar sus encuentros sexuales con distintos jóvenes, no sin antes hacerle rogar por un beso, envuelta en pieles de zorro gris.

Desde luego, él no podía hacer nada para remediarlo. En principio, porque no quería, y después, porque no podía. Escritor como el marqués de Sade, había tenido la premura de hacerle redactar a su amada un contrato, en el que, por si acaso, aceptaba despojarse totalmente de su Yo, para convertirse irremediablemente en un esclavo sexual. O, en palabras de la misma Wanda: “No tenéis más voluntad que la mía”.

Su nombre, es importante no olvidarlo, era Leopold Von Sacher-Masoch.

La consigna social tiene un mote: sadismo y masoquismo.

Y es importante no olvidar el nombre de Masoch, tanto como el del marqués de Sade, en tanto ambos le dieron vida a dos vocablos que, hoy en día, forman parte del habla popular, ya sea a modo de juego, analogía, exageración o realidad: masoquismo y sadismo.

Dos palabras que por mucho tiempo fueron sinónimo de perversión y anormalidad; dos palabras que funcionaron, por un largo lapso, como consignas sociales. Si no, obsérvese el caso del mismo marqués de Sade, quien durante varios años estuvo recluido en un hospital psiquiátrico y en prisión, o de Masoch, cuyos dones literarios nunca han sido reconocidos.

En la actualidad, no obstante, el masoquismo y el sadismo ya no son conocidas ni investigadas bajo el calificativo de “Perversiones”. Ante la existencial pregunta de ¿qué puede ser considerado normal? o ¿qué es la normalidad?, la sexología optó mejor por el apelativo de “parafilias”.

A fin de cuentas, y ese fue un logro de esta ciencia durante el siglo XX, las consideraciones sobre la normalidad varían de acuerdo con la religión, la raza, y el contexto histórico y político, y por lo mismo, frecuentemente pueden estar determinadas por los prejuicios y una buena dosis de subjetividad. La sexología, en el lado contrario, pretende estudiar a los seres humanos sin antes etiquetar su comportamiento de manera discriminatoria.

Por parafilias, entonces, se entienden las fantasías, necesidades y prácticas sexuales especializadas e intensas, que suelen ser repetitivas y generar, en ocasiones, molestias o ansiedades en el individuo. Además del masoquismo y del sadismo, la sexología también tiene identificados la necrofilia (sexo con cadáveres), la pedofilía (con niños), y el frotteurismo (frotar los genitales contra otras personas en lugares muy congestionados), entre otros.

En esta lógica, la Asociación Norteamericana de Psiquiatría ha definido al sadismo y al masoquismo como variaciones sexuales en las que los involucrados experimentan placer mediante el dolor, ya sea de forma pasiva (masoquismo) o activa (sadismo). Suelen analizarse en conjunto, en tanto ambas son formas expresivas de un mismo fin (el dolor).

El sadomasoquismo muchas veces se acompaña de otras parafilias como el fetichismo (impulso sexual dirigido hacia un objeto) y el fetichismo trasvestista (uso de ropa del sexo opuesto). De ahí la famosa y estereotipada imagen de la dominatriz vestida con traje de cuero, o el uso de instrumentos como esposas y látigos.

Sin embargo, esos avances en ciertos campos científicos se siguen contraponiendo con hechos reales, que van del calificativo “perversiones” en la mayoría de las legislaciones mundiales, hasta el de “patologías” de algunos psicólogos y psicoanalistas. Anexando, desde luego, la estigmatización social.

Ese es el caso de “Rojo” (apodo con el que por obvias razones prefiere ser conocido). Él, según sus propias palabras, es un típico muchacho mexicano, estudiante, trabajador y “amiguero”. Pero con gustos particulares en lo sexual, como el ser golpeado por sus parejas.

Bisexual, gusta de llevar la parte “pasiva” en todas sus relaciones y como Masoch, arrodillarse ante su “amado” o “amada” (preferentemente desnudo (a) y ataviado (a) con altísimos zapatos de tacón, pieles, o gabardinas negras), para rogar por un beso, y recibir un mordisco, una bofetada y un arañazo.

En la escuela y su trabajo, pese a su innegable gusto por este tipo de placer, prefiere evitar el tema. Si sus compañeros o familiares lo supieran, lo considerarían un “enfermo, alguien capaz de hacer daño, que no se quiere, que no puede querer; mal educado, sucio”. “Rojo” ya lidia con la homofobía, por eso, prefiere no enfrentarse a esa otra forma de discriminación.

Él, insiste, es una persona “normal”.

¿Normal o anormal?

La última frase de “Rojo” vuelve a remitir toda la problemática a la interminable cuestión de lo que es “normal” y lo que no lo es. De nuevo, la respuesta en este caso dependería del contexto, las costumbres y la formación personal. Después de todo, el sadismo y el masoquismo son considerados parafilias para la sexología al no ser acontecimientos aislados, ni extraños.

De hecho, no existe un parámetro para determinar quiénes lo practican. Es posible decir, en cambio, que el sadomasoquismo se puede presentar en cualquier persona, de cualquier nivel económico o educativo. Algunas constantes, empero, pueden ser la baja autoestima y el comportamiento antisocial.

No obstante, cuando una parafilia se aleja del nivel erótico y penetra en uno “vandálico”, la situación cambia, y sí puede resultar peligrosa. Existe un tipo de sadismo conocido como “criminal”, específicamente, cuya finalidad es el provocar daño a un ser humano (sin previo consenso), o en ocasiones, hasta la muerte. Estas prácticas continuamente provocan violaciones y asesinatos.

Los sujetos con esta propensión suelen ser hombres. Una excelente representación de uno de ellos puede encontrase en el libro American Psyco, de Easton Ellis, y su protagonista, un asesino en serie que tras torturar a prostitutas (clavándolas o introduciéndoles ratas en su vagina), las mata y destaza.

Esta cita brinda la oportunidad de detallar una variable psicológica bastante interesante del sadomasoquismo en general: los sexos en los que presenta. Así, el masoquismo es más usual en las mujeres, aunque no es una constante, como se vio en el caso de “Rojo” (en donde interviene su identidad de género).

Esto, de acuerdo con el psicoanálisis, tiene relación con los sentimientos inconscientes de culpa de las mujeres, venidos de su relación con la figura paterna. Recurriendo a los conceptos freudianos, una mujer masoquista (el Yo) pide ser castigada por el Súper Yo (padre), para aliviar esa culpa.

Quizá, entonces, el sadismo podría verse más como un acto frío y brutal, mientras el masoquismo sería el lado romántico e imaginativo de la parafilia. Finalmente, de interés inclusive biológico, es la manera como tanto hombres y mujeres sadomasoquistas logran vencer la barrera del dolor, yendo contra el mismo instinto primigenio de supervivencia.

Así, pues, en lo que prosigue el debate moral sobre la anormalidad y sus probables razones, lo único comprobable es la validez y existencia de una verdadera diversidad mundial, tanto en los modos de pensar, como en los de actuar. Y para muestra, la literatura tan distinta entre sí del marqués de Sade y Masoch.

O, para agregar un tercer elemento en la multiplicidad, de George Bataille, que en su Historia del ojo (edit. Coyoacán), dice: “…ya desde entonces no me cabía la menor duda: no amaba lo que se llama `los placeres de la carne´ porque en general son siempre sosos; sólo amaba aquello que se califica de `sucio´. No me satisfacía tampoco el libertinaje habitual, porque ensucia sólo el desenfreno y deja intacto, de una manera u otra, algo muy elevado y perfectamente puro”.

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Fantasías y prácticas sexuales sadistas

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