30 DE OCTUBRE DE 2008
Cuando los gays buscan el amor torpemente Todos andamos por ahí buscando el amor, aparentemente de manera torpe porque se escapa de las manos; o lo que es peor: ni siquiera se acerca. Sexo ocasional, ligues, superficialidad… nada satisface esa búsqueda ¿A qué se debe tanto desencuentro?
Vladimir Charry
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Hoy todos hablan del desencuentro a la hora de referirse al amor. Y es cierto, el mundo está plagado de personas bellas, interesantes, preparadas a nivel académico, y con “los pies en la tierra”, pero en grupo de a uno: ejecutivas bien posicionadas; fresas con carro, casa y beca; intelectuales y bohemios con cerebros rebosantes de información, o mortales más básicos con ganas de compartir su cama fría con otro u otra, que no aparece ni por las curvas.
Muchos solos y solas con ganas de compañía…
Las reinas de la farándula se quitan la máscara, y en las portadas de las revistas, confiesan su soledad y el deseo de contar con un hombre al lado, un hombre que parece tan lejano para ellas, como ellas –bellas luminarias- se ven a los ojos de nosotros los simples mortales que no estamos frente a las luces y los flashes.
Las altas ejecutivas salen en manada con sus amigas “adineradas” a los bares de la Zona G o T a celebrar su más reciente negociación en la empresa que lideran, y a lamentarse de la ausencia de hombres, todo con la complicidad de un martini o un margarita, propios de las niñas de clase que cumplen con su cometido: soltarles la lengua para desahogar su soledad.
Los gays andamos de bar en bar, en círculos de amigos solteros, y llenamos las páginas de perfiles de ligue en internet con fotos de cara y cuerpo, con ganas de pescar un “papacito” que no se asoma. Sexo va y viene sin mucho compromiso, y de manera abierta expresamos la escasez de pareja en los momentos en que la curva de sensibilidad toca sus límites máximos.
En fin, todos andamos por ahí buscando el amor, aparentemente de manera torpe porque se escapa de las manos, o peor, ni siquiera se acerca. ¿A qué se debe tanto desencuentro?
Pues bien, algunos señalan a las grandes ciudades y a la vida estresada de la urbe como motivo de esta situación; tanto tiempo trabajando parece robarnos la posibilidad de vida social, un escenario que se consideraba fértil para el ligue.
Otros aseguran que el discurso de la libertad absoluta, de la independencia económica, y de la autosuficiencia que nos venden las nuevas teorías del amor, parecen habernos convertido en individuos indomables, bravíos, o en personas incapaces de ceder en lo más mínimo.
Amores desechables que se botan a la basura, tan pronto vemos que se acerca la necesidad de dejar de pensar en nosotros mismos para pensar en plural.
No se pueden dejar fuera a los que señalan el culto a la belleza como detonante del desencuentro amoroso. Parecemos tener grabado en la retina un modelo de perfección física que nos lleva a escanear a los posibles candidatos antes de darles cabida para que pronuncien una sola palabra.
Y otra teoría, una que escuché de boca de un filósofo- músico, asegurando que la búsqueda enloquecida de “la igualdad” en todos sus estados posibles, nos llevó a contaminar el amor con este ingrediente, que a simple vista parecería lógico en el ámbito de las relaciones de pareja.
Es cierto, el juego del amor debe jugarse en igualdad de condiciones, en libertad, pero no entre iguales. ¿Quién no recuerda el discurso de papá y mamá que nos invitó a buscar a personas iguales o mejores que nosotros para emparentarnos?: “Mijo, mira siempre hacia al frente o más arriba a la hora de involúcrate sentimentalmente con alguien”. Ese discurso nos lleva a hacer exámenes de admisión descarnados cuando conocemos a una persona, para saber si el nuevo prospecto de pareja está al mismo nivel social, económico e intelectual, como buscando un socio, y no un compañero de viaje.
Ese descarte constante nos lleva a tener las manos vacías, y a dejar pasar de largo a personas que si bien no responden a lo que esperan nuestros casamenteros –padres y amigos-, si podrían llenarnos el corazón.
Así pues, buscando el amor torpemente, entre el afán de la vida moderna, tanto discurso de libertad y autosuficiencia, la locura por la belleza, y el interés de casarnos con una fotocopia de nosotros mismos nos hizo olvidar que lo más importante para hacer pareja es anudarnos a alguien con corazón sano y con ganas de comprometerse en la medida que nos haga felices.
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