30 DE OCTUBRE DE 2008
 Sáficas Renée Vivien, una Safo en el París de 1900 Conocida por un seudónimo diferente a su nombre orginial, Pauline Tarn, esta mujer sostuvo un romance con Natalie Clifford Barney,en tanto sostiene también un romance epistolar con Kérimé Turkan-Pacha.
Odette Alonso
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El 11 de junio de 1877 nació en Londres una niña a la que pusieron por nombre Pauline Tarn y que dos décadas después, respaldada por una cuantiosa herencia, se instala en París y asume el seudónimo literario que la hará trascendente: Renée Vivien.
Entre viajes y romances deambula por esa época mítica que fueron los primeros años del siglo pasado en la capital francesa.
Allí conoció a la famosa Natalie Clifford Barney, personaje emblemático de lo que hoy podríamos llamar la bohemia gay, con quien mantiene una apasionada relación intermitente, en tanto sostiene también un romance epistolar con Kérimé Turkan-Pacha, esposa de un diplomático de Constantinopla.
Sin embargo, la estabilidad emocional se la daría la baronesa Hélène de Zuylen, quien permaneció a su lado hasta el final de su corta vida.
Entre sus obras más significativas se encuentran Études et préludes, Cendres et poussières, À l’heure des mains jointes, Flambeaux éteints, Sillages, Haillons. Cultivó varios géneros: novela, relato, prosa poética, teatro y narrativa. Incluso escribió una biografía de Ana Bolena.
Luis Antonio de Villena la ha considerado “una Safo en el París de 1900”. En esa ciudad murió, a los 32 años, aquejada de anorexia.
LUCIDEZ
El arte delicado del vicio ocupa tus recreos, Y tú sabes despertar el calor de los deseos A los cuales tu cuerpo pérfido se arrebata. El olor del lecho se mezcla con los perfumes de tu ropa. Tu rubio encanto se asemeja a la insipidez de la miel. No amas más que lo falso y lo artificial, La música de las palabras y de los débiles murmullos. Tus besos se desvían y se insinúan sobre los labios. Tus ojos son inviernos pálidamente estrellados. Los lutos siguen tus pasos en tétricos desfiles. Tu gesto es un reflejo, tu palabra es una sombra. Tu cuerpo se aplaca bajo besos sin nombre, Y tu alma está ajada y tu cuerpo usado. Lánguido y lascivo, tu artero roce Ignora la belleza leal del abrazo. Mientes como se ama, y, bajo la dulzura fingida, Se siente el arrastramiento del reptil atento, En el fondo de la sombra, tal que un mar sin arrecife, Los sarcófagos son aún menos impuros que tu cama... ¡Oh mujer!, yo lo sé, ¡pero tengo sed de tu boca! (trad. de Mado Martínez)
NUESTRA ES LA NOCHE
Hora del despertar... Abre tus párpados. A lo lejos afila sus luces la luciérnaga. El asfódelo pálido emana puro amor. La noche llega. Vamos, amiga extraña mía. La luna reverdece el azul de los montes. La noche es nuestra. El día, que sea de los otros.
Sólo escucho en la hondura de bosques taciturnos el crujir de tu ropa, de las nocturnas alas. El acónito en flor, de un blanco quejumbroso, exhala sus perfumes, sus íntimos venenos... Un árbol traspasado con un soplo de abismos nos cerca con sus ramas, ganchudas como dedos.
El azul de la noche se expande y fluye. Ahora es más ardiente el goce y es la angustia mejor. El recuerdo es hermoso como un palacio en ruinas... Fuegos fatuos, entonces, recorren nuestras vértebras, pues resucita el alma de las tinieblas hondas. Solamente la noche nos convierte en nosotras. (trad. de Aurora Luque)
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 A los 32 años en París aquejada de anorexia.
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