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14 DE OCTUBRE DE 2008
¡Quiero ser pornstar! Implicaciones del porno en internet
Y es que este “hazlo tú mismo” del porno amateur no sólo refiere a que sea uno mismo quien hace el video, quien actúa en él y quien lo ve; sino en que es uno mismo quien genera y consume el deseo, el deseo propio y el de los demás usuarios.

Cuitláhuac Moreno Romero

Es un hecho alarmante el que los análisis que se hacen generalmente de la pornografía tienen siempre un tinte o bien moralista, o bien uno que se le contrapone y que la enaltece, pero únicamente con el fin de generar un grupo de consumidores hedonistas. Es decir, que sólo enarbolan una supuesta satisfacción sexual en la pornografía en la medida en que se cree que verla es un acto de auto-satisfacción al que se tiene derecho.

Me parece criticable que en este último tipo de posturas no se tome en cuenta el que la satisfacción a que da lugar la pornografía es producida por los mismos medios que generan el deseo por ella.

Me refiero en concreto, a que estos deseos son tanto los contenidos sexuales colados en los comerciales de televisión como el sinnúmero de imágenes de ésta índole que se ofrecen a la menor provocación tanto en las películas de la industria cinematográfica (Hollywood) como en la de televisión.

Todos los medios de comunicación, internet incluido, generan este tipo de deseo por los estereotipos sexualizados con que generan consumidores.

Un claro ejemplo de esto es que hasta para vendernos aceite de cocina utilizan estereotipos de belleza que no tienen otro motivo que el de generar algún deseo ya sexualizado.

Pues bien, traigo a colación la producción del deseo sexual desde los medios de comunicación, porque quiero hacer notar que justo la tarea de la industria pornográfica es la de satisfacer estas exigencias del deseo sexual generado por la industria televisiva y la publicidad.

Y digo esto ya que es claro que el deseo que provoca de manera permanente un actor de Hollywood nunca se satisface a bien porque éste nunca se dejará filmar en una escena de sexo fuerte explícito y con tintes únicamente pornográficos.

El actor porno, por el contrario, viene a satisfacer con creces la satisfacción que el de cine no ofrece. Y liberará a quien lo vea de este tipo de sujeciones psico-sexuales provocadas por los estereotipos de belleza en los medios de comunicación, en tanto que no sólo se dejará filmar en escenas de sexo explícito, sino en situaciones que van más lejos de las que un hombre normal llevaría a cabo en un encuentro sexual cualquiera.

La industria pornográfica se ha convertido en la industria más rica del mundo justo a raíz de la explotación mercantil de los deseos producidos por otras industrias: Hollywood y la TV.

El cine y la televisión producen estereotipos sexuales que provocan deseo, y es el mundo del porno el que satisface estos deseos, consiguiendo con ello su rebanada monetaria del pastel.
No obstante, tal situación no tiene que permanecer en estos monopolios inalcanzables para los seres humanos comunes y corrientes.

Y digo esto, porque a pesar de la satisfacción de los deseos que hace el porno “profesional”, esta satisfacción no se lleva a cabo del todo en la medida en que son los mismos estereotipos de la publicidad los que se mueven en el porno.

La única diferencia entre un actor de cine y uno de porno es que uno aparece vestido en todo momento y el otro casi nunca lo hace. Vistos desde cierta perspectiva resultan idénticos en la medida en que tanto el chico pornstar es igual de inalcanzable que el de Hollywood.
Para que haya una apropiación del deseo habrá que hacer también una apropiación de la imagen que se muestra en los medios.

Si en vez de ver a modelos con cuerpos plásticos nos acostumbramos a ver a seres humanos comunes y corrientes llevando a cabo prácticas sexuales que generen atracción, por extrañas que estas parezcan, hay en ello también un elemento de apropiación política de los medios estéticos de producción del deseo.

Con todo esto, quiero abrir una lectura estético-política del porno que le haga justicia a algunos de los elementos que se juegan en la pornografía como el producto cultural que es, y me refiero particularmente a aquellos que tienen que ver con el porno amateur en internet y en el que no están involucrados ni compañías cinematográficas de porno “profesional”, ni tampoco están manejadas por sitios web privados, o sea, aquellos que exigen un pago para poder accesar a sus contenidos.

Bien sabemos hoy día que ponerse frente a una pantalla para ver pornografía y satisfacer las fantasías sexuales alimentadas por esta sociedad de consumo, es pan de cada día tanto de hombres como de mujeres de todas las preferencias y condiciones: sexuales, económicas, religiosas, etc., y esto en todos los lugares a donde han llegado las comunicaciones globales modernas.

De momento, me interesa hacer particular énfasis en el porno difundido por internet no sólo porque es uno de los medios de más fácil acceso, sino porque es el que ofrece una variedad en prácticas y agencias visuales de la sexualidad de la ya inmensa diversidad sexual humana.

Por demás, cada mes hay nuevas etiquetas, nuevos tipos de pornografía, y eso nos habla no sólo de la sofisticación(o decadencia) alcanzada por este género de poéticas visuales, sino también de la incidencia que éstas han tenido en la politización de modos nuevos y diferentes de prácticas sexuales.

No tiene lugar atribuir la inmensa variedad de muestras de prácticas sexuales a otra inmensa cantidad de patologías, esto es, no se trata de ver a la diversidad de pornografía como una diversidad de perversiones. Como si esta fuera simplemente una degeneración cada vez más acentuada de los contenidos que se habían gestado en la historia visual construida por el cine y la televisión a lo largo del siglo XX, sino de una apropiación del cuerpo propio desde los medios de comunicación.

Apropiación de los deseos propios desde un artefacto ajeno al cuerpo, que en la medida en que proyecta visualmente ese cuerpo (propio) y lo lanza a un espacio creado para provocar aceptación pública y deseo, también público, genera, a su vez, este mismo deseo y aceptación para el cuerpo propio.

Y aquí quiero subrayar en que todas estas gamas de porno, todos los tipos que puede haber, incorporan estereotipos que ya no únicamente son producidos desde las compañías productoras de porno “profesional”, sino desde las casas de toda la diversidad de gente común y corriente, normal o anormal, que lleva a la pantalla de internet una versión de su cuerpo enmarcada en el deseo que puede provocar la artefactualización sexual de la imagen propia.

La creación de un video porno amateur y su consecuente exposición es equivalente a un empoderamiento de la imagen sexual en la esfera pública, es una producción real y virtual a la vez, que produce tanto el sentido del deseo propio como el deseo ajeno, tanto el deseo personal como el público, es decir, una agencia de deseo político.

Para evitar cualquier confusión en este punto sólo quiero recordar que “lo público” es el sentido auténtico de la palabra “política”, y eso es precisamente lo que ocurre con una politización de prácticas autodeseantes desde artefactualidades como internet.

Y el botón de muestra de estas prácticas de expropiación del deseo lo vendrán a dar sitios web como www.xtube.com, donde el leit motiv del espacio es la de generar una red de usuarios que produzcan ellos mismos su poética visual del deseo, eso sí, expropiada de la historia del porno “profesional”, en la medida en que utilizan las mismas etiquetas y jerga: bondage, hardcore, soft, bear. Pero donde la práctica regente por sobre todas es precisamente esa que habla del “haz el porno tú mismo”.

Y es que este “hazlo tú mismo” del porno amateur no sólo refiere a que sea uno mismo quien hace el video, quien actúa en él y quien lo ve; sino en que es uno mismo quien genera y consume el deseo, el deseo propio y el de los demás usuarios, es una práctica tanto estética como política del deseo sexual ejecutada desde el video porno amateur.

A grandes rasgos, un subtítulo tan rebuscado como lo sería “Las implicaciones político-estéticas de la pornografía amateur en internet”, bien podría reducirse a una frase como “Quiero ser pornstar” y el significado no se alteraría de manera considerable, porque precisamente es eso lo que involucra el hecho de que los interesados en el porno puedan hacer una apropiación de las semánticas visuales que ahí se mueven.

Y no sólo eso, sino que hagan, también, una exapropiación (Cf. Derrida), de la percepción de sus propios cuerpos en la medida en que estos pueden ser catapultados, expuestos y enaltecidos desde el artefacto que actualmente legítima los parámetros estéticos de las políticas del deseo en las sociedades contemporáneas, sin que ya importe si estos cuerpos corresponden a los parámetros estéticos de los medios de comunicación hegemónicos, porque justamente se ha creado un espacio donde el origen y el fin del deseo tienen lugar en uno mismo.

El porno amateur ejecutado en este tipo de sitios, donde son los usuarios mismos quienes se ven y se disfrutan entre ellos, es una práctica sexual pornográfica que hace que los cuerpos realmente importen (Cf. Buttler).

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