13 DE AGOSTO DE 2008
 Desde el diván Las sexualidades disidentes Los disidentes prefieren elegir: amar a alguien que comparta su sexo o su género, o amar a más de uno o a ninguno, quizá sin matrimonio o tal vez en uno con una estructura distinta, puede que gay con dos o tres hijos...
Hernán Paniagua
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Cada cosa en la historia de la humanidad tiene un porqué, incluso la heterosexualidad. En algún momento asociar la sexualidad humana con reproducción y volver ambos términos casi sinónimos fue la solución más viable a una tremenda necesidad de sobrevivencia para las sociedades antiguas; se trataba de un tiempo en que las poblaciones numerosas determinaban la preservación o extinción de una cultura.
Luego, los tiempos cambian, pasan y dan lugar a necesidades distintas. He aquí un clarísimo ejemplo: si en la antigüedad la sobrevivencia era para la nación que tenía mayor cantidad de nacimientos por año, en la actualidad una tasa elevada de natalidad puede conducir a un pueblo hacia la hambruna y la pobreza.
Así, la heterosexualidad en principio era una buena idea. En los pueblos fue instituida como la orientación legal de sexualidad y se forjó una compleja estructura de mandatos que la volvían indiscutible; frases como “creced y multiplicaos” tenían por objetivo desarrollar la población, “no desperdiciar la simiente” conducía a hombres y mujeres a satisfacer su impulso sexual únicamente por medio del coito, y complementaban la consigna con una prohibición contundente hacia el uso de métodos anticonceptivos. De esta forma los romanos fueron un montón y pudieron forjar un imperio, igual los egipcios o los mongoles.
Filtrando sus reglas por la intimidad de las personas como mandatos divinos, reglas morales o códigos de urbanidad para garantizar su cumplimiento, la heterosexualidad se volvió mucho más que una llana orientación sexual: un estilo de vida. La sexualidad bien vista fue la sexualidad desarrollada al seno del matrimonio, unión entre hombre y mujer, y bajo el visto bueno de la comunidad; el objetivo del matrimonio, a su vez, era procrear hijos. A esto se le sumó la sentencia de que para toda mujer la forma única de realización personal fueran los hijos, y para todo hombre, tener su semilla esparcida en el vientre fértil de muchas mujeres.
En el proceso, alrededor de la heterosexualidad surgieron rituales, instituciones y tradiciones sociales que hicieron reprobable cualquier otro estilo de sexualidad, las volvieron proscritas.
Hoy en día ya no hay una necesidad que justifique forzar a hombres y mujeres a mantener un estilo de vida ligado a la heterosexualidad, claramente nuestro problema dejó de ser volvernos numerosos, pero mantenemos las viejas obligaciones por simple inercia. Debido a que en origen las reglas adquirieron un grado de incuestionabilidad, perduraron ciegamente durante generaciones; continuaron siendo mandatos divinos, reglas morales y cualquier tipo de grillete para la libertad individual. La heterosexualidad fue una invención social que se preservó como si se tratara de un atributo natural para el ser humano.
Las sexualidades proscritas son esas que se resistieron a vivir sus vidas emparejados a la norma: a amar a quien se les decía que debían amar y de la manera en la que les dijeron que lo debían hacer. De esta forma, cuando levantaron su voz para protestar contra las instituciones que les privaban de su libertad, las proscritas se volvieron sexualidades disidentes.
A este punto, es fácil identificar parte de lo que implica la disidencia: lesbianas, gays, bisexuales, travestis, transexuales y transgéneros. En torno a estas categorías se tejió un discurso colectivo que confrontaba la sexualidad normatizada y construía en el camino una identidad grupal en respuesta a la desacreditación. Pero diversidad, concepto emblemático de este discurso compartido, implica mucho más que la amalgama de seis siglas para nombrar a un colectivo; implica miríadas de formas de vivir las sexualidades, tantas sexualidades como seres humanos sobre la faz de la tierra.
Entonces surge, quizá, la necesidad de cambiar el discurso por otro similar, pero más incluyente.
Las instituciones dicen: debes de vivir como yo te lo mando, con un matrimonio hasta que la muerte los separe, la mujer subyugada y el hombre emocionalmente impedido, realizarte obligadamente mediante tus hijos, olvidar tu individualidad a favor de la preservación de tu material genético y, por supuesto, de las instituciones y lo que tu desees, lo que de forma individual pueda engrandecerte, es prescindible para el visto bueno de la sociedad.
Los disidentes prefieren elegir: amar a alguien que comparta su sexo o su género, o amar a más de uno o a ninguno, quizá sin matrimonio o tal vez en uno con una estructura distinta, puede que gay con dos o tres hijos, puede que heterosexual sin subyugarse a ningún hombre; las combinaciones son tantas que necesitaría Internet completa para poder enumerarlas. Y cada vez son más las sexualidades que se unen a la disidencia, en cada momento una voz más se eleva para reclamar su derecho a vivir con libertad.
Lesbianas, gays, bisexuales, travestis, transexuales, transgéneros y también heterosexuales y las voces que se unan en los tiempos venideros a favor de vivir bajo su elección. Puede que haya quien elija el matrimonio tradicional con su pareja gay, puede alguien sueñe aún a su príncipe azul, pero será incuestionable siempre que lo haga por decisión y no por obligación. Esta es la necesidad que corresponde a nuestros tiempos y es el porqué de las marchas, las banderas del arcoíris colgando afuera de los establecimientos y de la visibilidad de los hombres y mujeres que no temen besar a quienes besan a mitad de la calle, en el metro o frente a un jardín de niños.
La disidencia trae el cambio, su sola presencia genera un conflicto para las instituciones y su discurso cuestiona lo que hasta el momento era cotidiano. Al final no ganará la heterosexualidad institucionalizada ni lo harán las sexualidades disidentes, la victoria estriba en la reconciliación de una con las otras y la fusión de los dos discursos en uno solo: un discurso por la libertad para elegir. |
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