8 DE JULIO DE 2008
 Oqueerrencias y queeriosidades Trans: no es sólo cuestión de genes La lectura de Middlesex, de Jeffrey Eugenides, es propicia tras la euforia mediática que causaron, primero, el embarazo del primer hombre transexual en Seattle, y luego la primera boda de dos personas trans en la ciudad de México.
Sergio Téllez-Pon
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A Omar, por su viaje a Ítaca
Ahora, ya pasada la euforia mediática que causaron, primero, el embarazo del primer hombre transexual, Thomas Beatie, en Seattle, y luego la primera boda de dos personas trans en la Ciudad de México, quizá sea el momento más propicio para abundar un poco sobre el tema tomando como referencia la novela Middlesex.
Desde luego, no pretendo basarme en esta novela para hablar de la vida toda de las personas trans, desarrollar a partir de esas páginas, cómo son, cómo viven, cómo piensan o de los problemas sociales que los aquejan. Simplemente me parece que es un ejemplo literario que debe tomarse en cuenta como un testimonio más dentro de los pocos que hay para, de esa manera, no quedarse sólo con lo que los medios nos bombardean.
Publicada originalmente en 2002, la novela de Jeffrey Eugenides (Detroit, Michigan, 1960) ganó ese año el premio Pulitzer, uno de los más importantes en Estados Unidos. Middlesex es la historia de Callie Stephanides, una niña que a lo largo de los años se volverá hombre. Callie es una especie de Tiresias posmoderno. Al iniciar la novela dice: “Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974”. Y más adelante: “En mi acta de nacimiento, mi nombre figura como Calíope Helen Stephanides. En mi último carné de conducir (de la República Federal de Alemania), mi nombre de pila es simplemente Cal”.
Para poder contar su vida, Callie necesita relatar la historia de su familia: el exilio forzado de sus abuelos, Lefty y Desdémona, cuando su pueblo natal, en la parte asiática griega, es incendiado durante la guerra entre griegos y turcos a principios del siglo XX. La endogamia familiar que se inicia con sus abuelos –que eran hermanos— y que continúo con sus padres –que eran primos-cuates— obliga a Cal(lie) a hablar repetidas veces del quinto cromosoma: “Alineados en sus respectivos regimientos, mis genes ejecutan sus órdenes. Todos menos dos, una pareja de bellacos –o revolucionarios, según se mire—que se ocultan en el cromosoma número cinco. Entre los dos se atiborran de una enzima, lo que detiene la producción de una determinada hormona. Eso es lo que me complica la vida”.
Ese gen ya venía en el ADN familiar desde algunos milenios atrás, explica, pero esperó aparecer hasta que ella naciera. Como curiosidad, Callie no sólo cuenta coincidencias terribles y secretos inconfesables de la familia, también algo de la diversidad sexual de los Stephanides que contaron con una tía, Sumerlina, quien era “una de esas a las que llaman con el nombre de la isla”, o sea, de Lesbos.
Para Callie todo inicia cuando, luego de los turbulentos inicios liberacionistas de la comunidad negra en el verano del 67, la familia entera se muda a una nueva casa en la calle Middlesex: ella es todavía una niña y tiene una vecina un año mayor que ella, con la que juega, no a las muñecas, si no a darse besos entre ellas. Así que, me parece, el título de la novela quiere ser simbólico ante este curioso pero definitorio suceso. Después, llega la adolescencia y su cuerpo irá cambiando, aunque sus pechos no crecen ni le viene su regla menstrual, como a sus amigas de escuela, y descubre su propia sexualidad de forma empírica.
Callie sabe muy pronto que pertenece a la estirpe de eunucos, hermafroditas, transexuales y los modernos transgéneros. Al relatar su historia de genes y cromosomas, también habla sobre los problemas sociales a los que se enfrenta: en primer lugar, la propia familia y luego a los médicos, que la ven como un fenómeno para estudiarla. Y aquí es donde la historia de genes se termina y da paso a la cerrazón social, de allí la importancia que Middlesex tiene como sensibilizadora de la cuestión trans.
La lectura de Middlesex bajo este tipo de contextos (el hombre trans embarazado, que en estos días dio a luz, y la boda entre dos de ellos) se hace necesaria para no olvidar que también se está discutiendo en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal la llamada ley trans. Una ley, hay que decirlo, insuficiente pues por diversas razones sociales, morales y políticas no subsana la principal carencia de este sector: la facilicitación de la operación de reasignación de sexo. Tanto la versión de la ley que presentó Alternativa como la del PRD, sólo facilitan los trámites para que el cambió de identidad en documentos oficiales, pero no más.
Por lo demás, no coincido con Marcelo Soto (Teoría queer, Egales, 2005), cuando se extraña del éxito de ventas que fue Middlesex y del importantísimo premio que recibió su autor sólo porque es una novela queer. Para empezar, es una novela en el sentido más estricto (por la estructura, pero también, y sobre todo, por la historia de migrantes que hacen de EUA su patria real y el sentir del ser norteamericano que adoptan con toda naturalidad, como si fuera inherente a ellos), al grado que sus editores pueden decir, como dicen en la contraportada, que es el epítome de la Gran Novela Americana. La única rareza, su queerness, es su personaje trans: Callie, luego Cal. Muy al contrario de lo que opina Soto, me parece que este tipo de casos deben conocerse y tener esa difusión que tuvieron Middlesex y Eugenides para poder concientizar sobre estos problemas sociales en los que, muchas veces, la mayoría no quiere posar su mirada.
Jeffrey Eugenides, Middlesex, Anagrama, Barcelona, 2003, 672 pp.
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