13 DE JUNIO DE 2008
Huye Barack Obama de la sombra de "los Kennedy" El candidato demócrata por sus ideas, por su carisma y por su juventud, evoca las figuras de John y Robert Kennedy y Martin Luther King. Y se quiera o no, en la sociedad norteamericana hay un gran miedo de que termine como ellos.
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 John, Robert y Edward Kennedy no tuvieron tan buena suerte.
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El pasado 5 de junio se cumplieron cuatro décadas del atentado que costó la vida a Robert Francis Kennedy (1925-1968). Un disparo en la cabeza, después de ganar las elecciones primarias de California, acabó con su ascendente carrera presidencial.
Cinco años después del asesinato de su hermano John Kennedy (1917-1963) en Dallas, y dos meses después del de Martin Luther King (1929-1968) en Memphis, la temprana muerte de Bobby fue un trauma más para la convulsa sociedad estadounidense, que estrepitosamente se sumergía en el entonces poco conocido universo de las drogas y proclamaba a los cuatro vientos “Paz y Amor”.
Robert Kennedy anunció en marzo su decisión de participar en la carrera presidencial, y en apenas tres meses se había convertido en el candidato de la esperanza.
El millonario hijo de papá y ex amante de Marilyn Monroe se había transformado al ver de cerca la pobreza, la brutalidad de la segregación racial y la sangrienta guerra de Vietnam. Y en las elecciones primarias de 1968 era el ídolo al que todos querían seguir, todos querían escuchar y todos querían tocar.
De haber resultado electo candidato del Partido Demócrata, Bobby Kennedy se hubiera enfrentado a Richard M. Nixon (1913-1994), el político republicano que en noviembre de 1960 casi gana la elección presidencial a su hermano John. Pero la historia tomó otro rumbo.
Este año se han hecho muchas comparaciones con aquella malograda campaña porque también hay una guerra impopular, un país desorientado y un candidato joven que ha devuelto la esperanza a los votantes.
Pero en el 40 aniversario de aquel asesinato, pocos quieren hablar de paralelismos. Es la gran obviedad y el gran tabú de esta campaña.
Barack Obama, por sus ideas, por su carisma y por su juventud, evoca las figuras de John y Robert Kennedy y Martin Luther King. Y se quiera o no, en la sociedad norteamericana hay un gran miedo de que termine como ellos.
¿Quién podría evitar que un loco racista decida intercambiar su vida por la de un candidato al que no desea ver como presidente del país más poderoso del mundo? Por eso el gobierno de George W. Bush, inusualmente pronto, le ha puesto una impresionante escolta, aún cuando todavía no es el candidato oficial de los demócratas.
Y ese miedo parece que impide, incluso, hablar lejanamente de la posibilidad de un atentado. Así lo comprobó Hillary Clinton el pasado 3 de junio en Dakota del Sur cuando, acosada por sus adversarios para abandonar la campaña, recordó otras primarias que duraron hasta junio.
"Mi esposo no logró la nominación en 1992 hasta que ganó las primarias de California por ahí de mediados de junio, ¿cierto? Todos recordamos que Bobby Kennedy fue asesinado en junio en California. Saben, yo sencillamente no comprendo porque hay tanta prisa de que me retire", señaló entonces.
Una desafortunada mención que se convirtió en uno de los más graves errores políticos que la ex primera dama ha pagado caro.
Hoy, cuando la figura de Barack Obama parece cobrar mayor fuerza, incluso a nivel internacional, con la misma intensidad le persigue la sombra de la incertidumbre, la locura y el asesinato. Empujado en gran medida por la gente joven, como Bobby Kennedy en 1968, el primer candidato negro a la Casa Blanca surfea en una ola gigante de ilusión y cambio.
Es la Obamanía. Un fenómeno político-social muy similar al que hace cuatro décadas despertó, pero no alcanzó, la segunda Kennedymanía…
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