27 de marzo de 2008 Discriminación a “emos”, reflejo de nuestra realidad La discriminación y odio que sufrieron los “emos” no son novedosos. Ocurren día a día contra los jóvenes en general, las mujeres, los homosexuales, los indígenas, los ancianos, los pelirrojos, los “nacos”, los travestis, las “pasivas”...
Todo comenzó con un movimiento anti “emo” a nivel interpersonal e intergrupal. Después comenzaron a difundirse mensajes a través de Internet y comunidades virtuales que fomentaron el odio y la discriminación. Le siguió una convocatoria a la agresión y finalmente en Querétaro ocurrió la violencia.
A la semana siguiente, mensajes de odio y violencia se reprodujeron como virus informático y la confrontación entre tribus urbanas llegó a la capital del país, concretamente a la Glorieta Insurgentes, espacio público conquistado no sólo por las tribus urbanas sino por diferentes grupos, entre ellos algunos pertenecientes al colectivo LGBT. Ante la provocación, los “emos” se organizaron y buscaron la solidaridad de algunas organizaciones sociales, entre otras, algunas de la diversidad sexual. Entonces sucedieron manifestaciones pacíficas y demandas políticas, amén de la tensión latente entre las llamadas tribus.
Al principio se trató de un hecho aislado, pero de pronto la noticia adquirió relevancia nacional. Hoy se habla de los “emos” en los diferentes medios de comunicación colectiva: al igual que en la prensa, en la televisión y en la radio y desde luego en Internet. Para algunos, conocer a los “emos” fue novedoso, quizá ya los habían advertido en la calle, en el transporte público, en la plaza de su ciudad; pero no sabían quiénes eran y qué pensaban. Probablemente ahora la sociedad ya conoce de este colectivo social y lo que en un inicio fue lamentable, al final sirvió para que pudieran exigir respeto a su estilo de vida y forma de pensar.
Asombrados, muchos actores de nuestra sociedad repudiaron los hechos, al tiempo que buscaron culpables donde los hubiera: que si los gobiernos conservadores, que si las tecnologías de la información y el conocimiento, que si la falta de oportunidades para los jóvenes, que si los medios de comunicación, etcétera, etcétera. Pero desde el punto de vista autocrítico, no alcanzamos a mirar que todos tenemos una faceta discriminadora muy activa. Sin excepción, el verbo “discriminar” se puede conjugar en todos sus tiempos, personas y números.
Así es, la discriminación y odio que sufrieron los “emos” no son novedosos. Ocurren día a día contra los jóvenes en general, las mujeres, los homosexuales, los indígenas, los ancianos, los pelirrojos, los “nacos”, los travestis, las “pasivas”... lo mismo en una gran ciudad que en una población alejada del desarrollo urbano. La discriminación es parte de nuestra cultura, al igual que el machismo eje rector de nuestra idiosincrasia. Lo que resulta alarmante es el nivel de violencia con que comienza a materializarse esta conducta. No es lo mismo hacer una mala cara, que propinar un golpe al sujeto pasivo de la discriminación.
De ahí la relevancia de que el Consejo Nacional para Prevenir y Eliminar la Discriminación deje de ser una institución de ornato, una joya del reino de la democracia para convertirse realmente en el propulsor de una nueva cultura antidiscriminatoria. Si se trata de vicios sociales altamente arraigados, es preciso que las estrategias se concentren en las nuevas generaciones, porque como ya lo vimos, son las más vulnerables. Que los “emos” del futuro, o como decidan llamarse las generaciones futuras, no sean víctimas del odio social hacia lo diferente.
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