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Para Antonio el Sida no existe. Ninguno de sus amigos lo tiene, asegura. Y mucho menos ha visto o ha conocido a un ‘sidoso’ en sus 18 años de vida. Ha tenido como 60 parejas sexuales, le gusta practicar el glory hole en cabinas de videos de la Zona Rosa y el bareback constituye una de sus prácticas sexuales favoritas con todos sus encuentros ocasionales. “El sexo ‘a pelo’ es una experiencia extraordinaria”, dice. Es la inconciencia en los tiempos del Sida. La cara oculta del sexo gay en los primeros años del Siglo XXI.
“Barebacking Soldiers”, “100% Bareback Beef”, “Barebacking Campers”, “Barebackin' Spring Breakers”, “Barebacking USA”, “Barebacking Farm Boys”, “Barebacking Boys”, “Bareback And Black”, “Bareback Ranch”, “Bareback Fuck And Gag”, “Straight To Bareback”, “Bareback Master, Inc”, “Room Serviced Bareback”…
Los títulos de estas películas porno son sugerentes, las imágenes excitantes y la práctica se antoja, cuando llevamos años -¿décadas?- de represión sexual. Es el bareback, término anglosajón con el que se conoce al ‘sexo anal sin condón’. El rostro oculto del Sida.
Antonio es un atractivo joven de 18 años. Alto, espigado, nariz recta, cabello castaño y ojos brillantes. Casi un modelo de Bel Ami. Le gusta usar calzones de marca, las camisas de manga corta para lucir sus brazos largos y musculosos y ponerse pantalones ajustados para conquistar indistintamente a sus víctimas, ya sea con su abultado ‘paquete’ o con sus redondas y bien torneadas nalgas.
Sin dudarlo, responde cuando le preguntamos sobre la frecuencia con la que realiza esta práctica sexual: “¿Bareback? Casi siempre. ¿Hay algo de malo en ello? No hay nada más excitante que sentir el sexo ‘a pelo’, sin inhibiciones, sin limitaciones, sin temores”.
Se inició por convicción en el mundo gay a los 14 años, inducido por un primo ‘buenísimo’ con el que todavía en la actualidad se acuesta con cierta regularidad, aunque ya está casado y tiene dos hijos. “¿Por qué tendría que cuidarme con él si lo he conocido toda mi vida?”, pregunta. Desde siempre sin una pareja estable, Tony ha tenido alrededor de cinco docenas de parejas sexuales (“creo, si no me falla la memoria”, dice con una sonrisa pícara que deja ver su perfecta y cautivadora sonrisa de dentífrico).
Para él, el Sida no existe. Ninguno de sus amigos lo tiene, asegura. Y mucho menos ha visto o ha conocido a un ‘sidoso’ (“que yo sepa”, bromea). Justifica: “La otra vez vi un reportaje en TV Azteca, creo que con Ricardo Rocha, donde decían que el Sid no existe, que es un invento de los ‘gringos’ mojigatos para atemorizarnos a los homosexuales y recluirnos en nuestras cuatro paredes. No lo sé en verdad. Pero yo no he conocido hasta ahora a uno que esté enfermo”.
Fanático de las películas porno con excitantes escenas de glory hole, cada semana acude a las cabinas de un conocido sex-shop que está en la Zona Rosa, para ‘desaburrirse’ un poco y conocer a nuevos amigos. “Sí, cierto, ahí he tenido intercambios sexuales sin protección con varios hombres. ¿Cómo ponerse a buscar un condón cuando la oportunidad se te presenta rápido y sólo una vez?”, señala.
A su edad todavía es estudiante de segundo de preparatoria e hijo de familia, “Quiero ser arquitecto, como mi abuelo”, dice orgulloso. Supo por primera vez lo que era el ‘bareback’ en el 2006, a través de una película porno protagonizada por Jeff Palmer (1975). “Entonces supe que lo que yo hacía desde siempre en la cama tenía un nombre especial. Yo siempre creí que ‘coger’ como lo hago era de lo más común”.
Antonio está equivocado.
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