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24 DE SEPTIEMBRE DE 2007 Se es coherente con la ¿moralidad gay? La moralidad en los homosexuales navega en terrenos de riesgo, obedeciendo a estereotipos propios de la clandestinidad y generando costumbres sin ética o sin el necesario autocuidado de la salud física, mental y social.
Para la mayoría de los homosexuales la palabra moralidad significa censura, y más si se le relaciona con actividades que se creen parte del estilo de vida gay. Todas las cosas que hacemos pueden ser criticables; asimismo podemos emitir juicios de valor y nuestra opinión partirá generalmente de una perspectiva moral.
Muchas personas creen que la moralidad y la homosexualidad no se llevan, que son antónimos y desgraciadamente gran parte del colectivo les da la razón al vivir y actuar con una moralidad laxa y superficial, que al ser criticados suponen que la opinión en contra a su persona o actividades que realiza, se debe a la incomprensión, intolerancia o falta de apertura mental, ignorando que la mayoría de nosotros hemos aprendido a vivir bajo reglas socialmente aceptadas y que necesariamente regulan nuestra conducta.
La palabra moralidad viene de moral y ésta a su vez viene de mores, que significa costumbre, así que entendamos a la moralidad como el efecto que las costumbres, creencias y valores tienen en los sujetos y en cómo viven. En este caso, su sexualidad. Partiendo de ello, todos tenemos la capacidad de distinguir lo permitido y lo prohibido de nuestro entorno y con base en ello poder ser, actuar y decidir. El hecho de vivir una vida diferente o diversa no significa que estemos excluidos de una serie de valores a respetar que nos permitan mayor convivencia e inclusión con el resto de las expresiones genéricas.
Michael Foucault, en su libro de sexualidad, señala que se debe hablar de sexo sin divisiones entre lo lícito y lo ilícito, sin condenar conductas, pero conduciéndolas y regulándolas para que se pueda administrar y gestionar desde un punto más analítico y bajo reglamentos que permitan llevar una sexualidad responsable y lejos de malas interpretaciones.
Es una realidad que la moralidad gay navega en terrenos de riesgo y obedeciendo a estereotipos propios de la clandestinidad, generando costumbres sin ética o sin el necesario autocuidado de la salud. El hecho de que parte del ser y quehacer homosexual esté relacionado con drogas, alcohol, sexo a la menor provocación, depresiones, soledad, etc., refuerza imágenes negativas y en detrimento para un colectivo que lucha contra esa carga cultural, al parecer general e inherente.
Cuando uno señala la carencia y podredumbre de los cuartos oscuros, el ligue y sexo en el metro, la fantasía por creerse ser parte del grupo Homo-VIP (el cual no existe); la imagen del galán que rompe corazones en los antros, la inestabilidad de las parejas homosexuales o lésbicas; los excesos en las discotecas donde la droga circula sin que nadie haga algo o la pobreza de calidad de servicio de aquellos lugares de apertura todo el año, entre otros casos más, lejos de ser moralista, se intenta hacer pensar acerca del ser y actuar como diferente en un mundo estructurado bajo una visión heterosexual y occidental, donde el resto debe adaptarse para poder sobrevivir.
El ser coherente con lo que en casa se aprende, no significa encerrarse en un clóset y sólo salir a Zona Rosa los fines de semana, va más allá y necesariamente coexiste con valores que todos tenemos, pero pocos ejercen.
La moralidad en los homosexuales tiene que enfocarse o ir encaminada al fortalecimiento del individuo sin poner en riesgo su salud (física, mental y social), pues lejos del glamour, la pose y la diversión sin límites, todo individuo necesita levantarse cada día con un motivo que lo haga superarse. La fiesta sin límites es un mito urbano, pues todo tiene consecuencias y dependiendo como uno viva y sea, será tratado, respetado y visto.
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